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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2009.

De difuntos

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         Nos decía un profesor de Filosofía, que la idea de la muerte siempre la tenemos presente, pero que, sin embargo, no siempre estábamos pensando en ellas. Sin duda, que esto sería agotador y algo desquiciante. Sin embargo, hay momentos en el año, como estos días, en que la muerte en algunas de sus formas se inocula más en nuestra cotidianeidad.

            Dos tradiciones perviven a este respecto, por un lado esa tradicional visita al cementerio a adecentar las lápidas de nuestros difuntos y poner unas flores de precios prohibitivos y por otro, esa especie de tétrico carnaval de calabazas y calaveras que exportado de  tierras americanas cada día, tiene más aceptación entre los jóvenes. Esto segundo me parece una invento un tanto absurdo, en cuanto a la visita al cementerio, voy alguna vez, pero nunca en esta época de atascos de los pasillos entre lápidas y desde luego con el respeto que puedo tener a los restos de mis seres queridos, sé que de ellos queda bien poco ahí y no creo que haya que darle lustre a la piedra que tapona ese hueco. A mí no me gustaría que mis restos quedaran en ningún sitio, que se incineraran y volaran al viento. Que quien quiera recordarme no necesite de viejos huesos carcomidos por los años, sino por lo que durante mi vida haya podido dejar en ellos.

            En relación con este mismo tema, el otro día en mi trabajo me ocurrió una cosa curiosa. Después de solucionarle un problema a una señora, me confiesa que hace unos días pasaron un verdadero sofocón en su casa, porque alguien les había comentado que yo me había muerto. La señora me comentaba esto sonriente y me decía que había pensado:

-¿Quién me va a solucionar a partir de ahora estos problemas que este hombre me resuelve tan estupendamente?

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Lo primero...

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...ha sido abrir los ojos, lo segundo abrir la boca simultaneándola con un bostezo y lo siguiente, acudir medio adormilado al ordenador para escribirte este correo y decirte que, tras este paréntesis de la siesta en que había estado soñando contigo, tras despertarme, como cada minuto desde que te conocí, he vuelto a vivir contigo.

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Estoy harta...

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    Sí, estoy harta de este niño de mi clase que está todo el día incordiándome. ¿Por qué lo ha tomado conmigo? Todos los días me hace alguna cosa y estoy temiendo encontrármelo por la mañana en la clase. El otro día me mojó la silla de agua y me puse chorreando al sentarme. Todavía me acuerdo de cuando me metió una largatija en mi mochila o cuando en el patio, ni en el recreo me deja tranquila, me dio un balonazo en la cara que me dejó atontada. No me atrevo a decírselo a  mi padre, que me nota la cara desesperada con la que llego a casa, porque con lo bruto que es, puede armarla.

    Se me hace un mundo levantarme de la cama para venir al colegio y ver esa cara  perversa y burlona llena de pecas y granos. Quizás tendría que hablar con el director a  ver si esto se puede considerar un caso de esos de "mobbing" que dicen los periódicos. Algo tengo que hacer, lo que sí tengo claro es que el año viene pido en el concurso de maestros traslado a otro colegio, porque esto es inaguantable.


Entre catedrales

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       Cuando uno recorre la ciudad de Cádiz, descubre una original estructura de calles estrechas y en algunos momentos se parece pasear por un laberinto, donde repetimos las esquinas, ya que muchas parecen iguales. Cuando uno tiene la habilidad de encontrar alguna  de las salidas de ese laberinto, siempre tiene el mismo premio: el mar, que rodea a toda la ciudad como un collar de perlas.

        En una de esas salidas se encuentran las dos catedrales, la nueva y la vieja, y entre ellas se acaba de inaugurar este espacio arquitectónico, "entre catedrales". Así se llama ese recoleto  y níveo rincón, que rodeado de los muros ásperos de piedra ostionera de los dos templos gaditanos, se alza, como un extenso mirador, frente al mar. Es un lugar digno de visitar y sentados en sus bancos marmóreos, los tiene de sol y sombra como los cosos taurinos, dejar que la mirada se mezca en ese vaivén continuo y eterno que producen los rayos de sol sobre el verde brillante del océano. El oído se acaricia por el rumor asíncrono de las gaviotas que cruzan el cielo. ¡Cómo no detenerse a disfrutar de la quietud y el recogimiento al que aquel escenario invita!

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El lazo azul

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      Me citaste en una playa lejana, costándome trabajo llegar hasta allí, era una cala solitaria en las que las olas espumeaban  la orilla. Siempre me gusta llegar con tiempo suficiente a las citas y tendiéndome en la toalla me dejé acariciar por el sol disponiéndome a esperarte. La brisa jugueteaba con los granos de arena que formaban remolinos en torno a mis pies. A lo lejos escuché tu voz, que me llamaba. Al volver la cabeza me sorprendí gratamente al contemplarte, totalmente desprovista de ropa, mientras te acercabas.

       Era la primera vez que veía tu cuerpo desnudo y quedé admirado con aquellas curvas ampulosas que se volvían sobre tí misma trazando unas líneas, que me parecieron, marcadamente sensuales. Destacaban tus pechos que con oscilaciones disimétricas caldeaban el aire a su alrededor. Tus pies hoyaban la arena y dejaban tras de ti el reguero de tu camino. No sabía cual era el motivo de aquella cita y el aroma de tu proximidad no hizo sino aumentar mis dudas. 

        Me miraste con ojos límpidos mientras extendías tus manos hacia las mías, de pronto una ráfaga de viento agitó tu melena rizada, que al bambolearse con el aire dejó al descubierto algo que llevabas prendido sobre tu cabellera: ¡un lazo azul! Ahora lo comprendí todo. Te conozco bastante bien y sé lo especial que eres para muchas cosas, nunca das un regalo sin coronarlo con un lazo. En esta ocasión, aunque estuvieras desprovista de todo, si habías decidido, en ese momento, "regalarme" tu cuerpo, no podía faltar el lazo azul.


El viejo púlpito

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       Mis pasos perturbaron el silencio y la quietud de la vieja iglesia de pueblo, a pesar de que se deslizaron silenciosos por la pulida superficie de su suelo. Las luces de los cirios que iluminaban los altares, agitadas por un viento invisible, provocaban sombras caprichosas en aquellos muros, bañados en penumbra. Al girar una gruesa columna, serpenteando en torno a ella, me topé con la subida del viejo púlpito.

 

            Sus escalones, desgastados en madera de un tono oscuro indefinido, rezumaban polvo de años, que parecían agarrarse con fuerza, cual percebes a sus rocas, y ascendían pesadamente hacia esa altura donde se abría el púlpito. No era difícil imaginar, hace años, los pasos producidos por los anchos zapatones de algún clérigo de luenga sotana, al subir, con esa soltura que da la habitualidad, aquellos escalones para proceder a su prédica. Desde aquella altura a superioridad distancia de los bancos atestados de fieles, emitiría sus soflamas con voz impostada y blandiendo, a modo de arma, un dedo dirigido al cielo, con lo que querría indicar su cercanía al mismo o señalando a alguien, lo que implicaba la vergüenza del apuntado. Sus palabras asustarían más que convencerían, sobre todo cuando citaba aquellos tormentos apocalípticos que ponían e alma en un puño y advertía sobre las nefastas secuelas de los malos comportamientos.

 

            Esto ha cambiado, afortunadamente, ya no habla el sacerdote desde aquella “cercanía” al cielo sino desde ese suelo a ras de sus oyentes. Ya no pretenden asustar sino convencer y hablar de un Ser que no persigue para castigar, sino que acompaña amorosamente en el camino de cada día. Por eso, cuando miro esos viejos escalones polvorientos, me gusta el que tengan ese polvo incrustado consecuencia de que nadie los pisa desde hace mucho tiempo.

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Soñando en ombligo

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                  Desde que te vi desnuda, aquella primera vez, bajo la sombra de aquel manzano, quedé prendado por las formas de tu ombligo. Aquel círculo, tan menudo como perfecto, con una leve hondura que sombreaba esos pliegues interiores de formas tan sensuales como caprichosas, despertaba mis deseos y disparó desaforadamente mis más hondos apetitos.

Después de eso he visto muchos ombligos de mil formas y tamaños, desde esos que se ocultan en las oscuras profundidades de la barriga, hasta esos otros que sobresalen descarados y gustosos que invitan a saborearlos, algunos que adquieren formas caprichosas e incluso otros parecen como un párpado sin pestañas que ocultara la entrada a la cueva de los más apetecibles placeres, aunque… ninguno como el tuyo tan perfecto y único del que anhelo cada día ese momento en que puedo acariciarlo…

 

-Desde luego Adán, algunas veces eres tan tan obsesivo...

-Ten en cuenta Eva, que lo que uno siempre echa más de menos es aquello de lo que carece.

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Palabras

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           Las palabras, si tenemos la capacidad de prestarles atención, nos despiertan y  revelan sensaciones más allá de la combinación habitual de sus letras. En este caso estas solitarias letras metálicas sobre una valla callejera, parecen anunciarnos que a estas horas y al otro lado de esa valla está despertando la aurora y además, ¿por qué no?, que  puede ser un hermoso amanecer.


Más cuentos para sonreír

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             Si hiciéramos una metáfora gastronómica, una novela equivaldría a un copioso almuerzo y unos cuentos a los aperitivos, a esto “saben” los más de trescientos cuentos que nos trae esta antología. A unos aperitivos que, al tener autores tan diferentes, compensan las diferentes calidades que pudieran tener con la gran variedad que presentan. Hay algunos que son francamente buenos y que, con esa brevedad que caracteriza al cuento, nos anima a releerlos. En otros descubrimos más buena voluntad que un verdadero interés literario. Pero eso sí, es un libro que continuamente nos está sorprendiendo y cuando terminamos de saborear cada uno y vemos el siguiente a continuación, pensamos que todavía tenemos algo de apetito y esa impaciencia golosa que también se da en la literatura nos invita  a hincarle el diente al que viene detrás y a no esperar al día siguiente.

 

            El cuento, el relato, ese que parece ser el hermano pequeño de la novela, es un género vivo, que requiere una espontánea agilidad para darle formas atractivas y no dejar que el interés decaiga, ni un solo instante, en tan pocas palabras. Sin duda, para los que leen poco, es un empujón, un aperitivo, para introducirse en ese proceloso y sugerente mundo de la literatura, por lo que siempre han de ser bienvenidas las antologías como, la que en este caso, nos ocupa.


Preocupación nocturna

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           No debí hacerlo, no debí hacerlo…y por culpa de eso ahora no puedo pegar ojo. Ya sé que no es excusa, pero llevaba demasiado tiempo aguantándome y una es caprichosa. Quizás, aparte, es que soy demasiado sensible y me gusta dejar que mis sentimientos fluyan.  Llevo ya mucho tiempo trabajando a su lado y un día que un rayo de sol iluminó su perfil, abrazándolo, me fijé especialmente en él. Desde entonces no podía quitarle ojo. Claro que hacía mi trabajo y atendía a los clientes, pero algunas veces, cuando devolvía el cambio o enseñaba a las clientas los vestidos, me descubría despistada mirándole. Me gustaba ver las distintas vestimentas que tenía, todas le quedaban de maravillas y alguna vez me acercaba, como si fuera a coger algo de su alrededor a aspirar algo de ese olor tan sugestivo que emanaba..

 

            Pero anoche fue mi perdición, estaba a solas con él, mirándolo con descaro al abrigo de otras miradas que me observaran, mientras preparaba el escaparate para el cambio de temporada. La cercanía de la primavera me tenía algo revuelta e incluso había estrenado un lápiz de labios de un escandaloso tono rojo brillante, que acababa de comprar en la sección de perfumería. Estaba próximo a él y…no me pude reprimir mis labios se lanzaron a los suyos, con la fuerza de estar realizando un sueño. Él permaneció estático con aquella mancha roja que ahora resaltaba escandalosamente en sus labios.

 

            No debí hacerlo…por más que lo intenté no hubo forma de limpiarle los labios, debe ser que el lápiz de labios ha hecho alguna reacción con la materia de la que está hecha ese maniquí y se ha convertido en una mancha permanente. Lo peor será mañana cuando se descubra el escaparate y todo el mundo vea ese maniquí de labios chillones…¿cómo explicaré eso?


Rumor

       Aprovechando el día tan maravilloso que hacía me fui a pasear junto a la orilla del mar donde me detuve a escuchar ese rumor de tus palabras que me llegaba envuelta en la tórrida espuma de las olas, cuando rompían en la orilla lamiéndome los pies.


Desmemoria

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           Llevaba años ejercitando la desmemoria e intentando olvidar, pero aquello no funcionó.  Cuando te conocí, cambió el signo de mis recuerdos y empecé a ejercitar la memoria, pero no sé si sería por el poco uso, tampoco funcionaba. Ahora he decidido detenerme y vivir el presente...¡espero que, al fin, funcione!


Al pie de la escalera

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     Tassie es una chica de familia campesina que se traslada a una ciudad para estudiar en la Universidad. Allí encuentra un trabajo como canguro de una niña negra que acaban de adoptar unos padres blancos. La historia no es la que parece y a medida que avanzan las páginas nos damos cuenta de que la historia radica en el interior de Tassie y en esa visión tan sorprendente como deliciosa que va dando a ese mundo que la envuelve. Los personajes aparecen como deshilachados, si es que un personaje puede considerarse formado por hilos, pasan por su vida como los acontecimientos, desapareciendo, pero volviendo una y otra vez como esos impulsos del subconsciente que no podemos controlar.

  Es imposible no dejarse seducir por el personaje de Tassie, esta veinteañera, creada por la escritora norteamericana Lorrie Moore y que en un monólogo tan variado como sorprendente nos va narrando esta novela. El color de su mirada destella más que el espectro de colores del arco iris  y nos permite ver más allá de esas cosas habituales que, un espectador normal, captaría. Impresionan esas descripciones tan pormenorizadas y vivas de la naturaleza que si cerramos los ojos nos pemiten escuchar el vaivén de las ramas al ser agitadas por el viento o el trino de los pájaros. Una de esas novelas que nos permite reconciliarnos con la literatura.

     "Tenía la sensación de que en casa todos, y me incluía a mi misma, éramos como personajes de un cuento tenebroso y espeluznante, cada uno de un cuento distinto. Todos éramos personajes grotescos, pero pertenecíamos a narrativas distintas, y por eso nuestras interacciones eran extrañas y sin sentido, como ocurría con los personajes de una obra de Tennessee Williams, con sus respectivas intervenciones locas y anodinas, y a la vez sobrecogedoras. Sólo Mary-Emma parecía immune, normal, como si no fuera parte de la obra, pese a que lo era, y a que sin duda tenía sus soliloquios, y los tendría más adelante en la vida. ¿Cómo no?".

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Marcela

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         En el pueblo, aunque sólo sea de vista, todos nos conocemos, pero este conocimiento es mayor cuando existe una mayor habitualidad en la visita a nuestra oficina, como en el caso de Marcela, dueña del bar y propietaria del piso en que se aloja, desde que llegó a aquí, Olga, mi compañera de trabajo,. Marcela tiene sus treinta y varios años, podría decir su edad exacta pero el sigilo profesional me lo prohíbe, ha enviudado ya tres veces. En ambas ocasiones se casó con solterones recalcitrantes del pueblo de carteras bien provistas, lo que unido a su olfato mercantil la ha transformado en una de las terratenientes del pueblo.

 

            Tiene una bonita figura, no se puede decir que estilizada aunque sí revestida de curvas onduladas. Sus andares, no exentos de cierta elegancia, me han recordado siempre a los de una bailarina de ballet. No ocultaré que siempre me ha resultado atractiva y deseable, pero una cierta prudencia y temor reverencial  ha hecho que guarde las distancias frente a su persona. Entre mis paisanos es motivo jocoso el hecho de que sus tres maridos murieran “en la cama” y no precisamente durmiendo. Este rumor sobre su fiereza y fogosidad sexual han traspasado los límites del pueblo. Pero, en general, la gente la mira con cierta simpatía y la benevolencia de quien ha sido capaz de alegrarle los últimos momentos como nunca habrían imaginado a aquellos provectos hombres. ¡Y qué mejor forma de morir que en pleno éxtasis sexual! Pueden decir lo que quieran, pero de ahí surge mi temor, no soy un fuera de serie, para que engañarnos, en estos ejercicios del sexo activo y ello hace que, ese instinto de supervivencia de no morir tan joven, me mantenga a distancia de las fauces de esa mantis.

 

            Yo la conocía sobre todo de acudir a su bar, que es donde vamos a desayunar, la conocí más “íntimamente”, si es que puede llamarse intimidad a mi despacho, cuando vino a que le informara de los trámites necesarios para solicitar la pensión de viudedad por la muerte de su tercer marido. Horas de discusiones, sólo interrumpida por mi compañera que me pasaba escritos para firmar mientras no quitaba ojo de la neoviuda, hasta convencerla de que ahora que al haber muerto su tercer marido no podría recuperar también la pensión de viudedad ni del primero ni del segundo marido por mucho que aquellos hubieran cotizado.

 

            Vestía de negro riguroso de pies a cabeza, tenebrismo sólo interrumpido por unos perfiladísimos labios rojos que bailaban sobre su cara mientras sus palabras, emitidas con voz dulzona, salían de su boca. En aquellos conciliábulos me enteré de que el nombre de Marcela, no se lo habían puesto por dotarla de un cierto exotismo sino por un error del encargado de registro que además de “enchufado” era semianalfabeto y confundió Carmela, su nombre original, con Marcela.

 

            De vez en cuando venía a hacer alguna gestión y aunque mi activa compañera se aprestaba a atenderla, preguntaba invariablemente por el jefe a lo que aquella contestaba con un gesto hosco, mal disimulado, a la vez que me llamaba. A veces era colocar un simple sello en un papel al que ella solía responder con una apertura de labios en que su dentadura blanca iluminaba su rostro, mientras envolvía, por unos minutos aquella atmósfera burocrática, de habitual olor a celulosa, en un olor tiernamente sabrosón. Yo, precavido, siempre procuraba mantenerme a una más que prudente distancia, porque me iba haciendo consciente que a medida que pasaban los meses de aquel señalado óbito, la tela negra sobre su cuerpo iba mermando a la vez que aumentaba el tamaño de piel, sedosamente blanca, que iba dejando al descubierto.

 

            No puedo olvidarme de aquel día ¡cómo se me iba a olvidar! En ese momento estaba yo intentando enseñar a un joven e inepto compañero, que llevaba pocos meses allí, cómo se podían transformar en negrita las letras del Word., cuando se abrió súbitamente la puerta. Fue en ese preciso instante cuando estalló la revolución.

 

            Un repiqueteo de tacones sonó a la entrada, una mujer se acercaba y no podía ser mi compañera que se encontraba en la capital arreglando unos de sus jaleos familiares. Entonces fue cuando apareció por la puerta una figura femenina en la que, al principio, me costó reconocer. Pero…¡era Marcela! Su cara maquillada dibujaba delicadamente sus rasgos, una capa de pintura azul sobre sus ojos los dotaba de una cierta apariencia felina y su pintura de labios, siempre roja, estaba ahora dotada con un brillo que parecía estrenarlos. Traía puesta una escueta camiseta blanca de tirantes de color blanco, de la que gran parte de sus pechos asomaban oscilantemente traviesos. Del sujetador, en cambio, no había rastro pues se veía a las claras que no se lo había puesto. A través de la tela destacaban unos círculos oscuros y sobresalientes. Una escueta falda roja que se adhería a sus líneas traseras más voluptuosas completaban su coloreado atuendo. Sus piernas redondeadas y turgentes se disputaban la perfección ante mis ojos e introducida en los tacones desplazaron toda aquella vorágine hacia el mostrador donde me encontraba. Entonces, me percaté que hacía un año del fallecimiento de su marido, cuando eso ocurría en el pueblo era la señal de enterrar el luto y el retiro y volver a la vida normal. ¿Por qué comencé a ponerme nervioso?

 

            Mis piernas temblaron levemente, cuando me di cuenta de que aquel resurgimiento primaveral de Marcela era en algo más que en su vestuario. Sobre todo cuando tendiéndome unos papeles, que yo debía sellarle, sus dedos de uñas afiladamente rojas se distrajeron entre los míos. Sólo fueron unos instantes, pero lo suficiente para que sintiera a todo mi cuerpo sacudido por unas corrientes eléctricas que excitaron a cada una de mis células. Ella se acercó con una pose cargada de descaro y seducción  y doblando adecuadamente su cuerpo ofreció ante mis ojos la profunda hondonada que se abría, perdiéndose en una intricada y sugerente profundidad, entre sus senos prietos por aquella camiseta blanca. Su perfume fresco y sutil invadió mi nariz y acabó de trastornarme más, si es que aún era posible. Por un instante temí perderme en medio de aquella pasión que me brindaba Marcela, y como una ráfaga sobre mi cabeza la pude ver desnuda en la cama sumida en mil juegos eróticos, que ya alguna vez yo había imaginado, y me ví exhausto sin poder seguirle y, al instante, camino del cementerio mientras ella caminaba detrás, llorosa, con su traje negro desempolvado.

 

            No, ¡me negaba a que me ocurriera eso! y, entonces fue cuando se me ocurrió. Haciendo caso omiso a los ataques de Marcela miré con deseo a mi joven compañero, perdido en el procesador de textos, con esa cara que ponen los enamorados. En aquel momento, él me miró esbozando una sonrisa, no porque se diera cuenta de nada, sino con la alegría que le producía que de toda la frase había conseguido, al fin, poner una letra en negrita. Marcela sorprendida por aquel cruce de miradas, como yo pretendía, enderezó su cuerpo, estiró su falda y recogiendo el papel se despidió, sin volver el rostro, con unos buenos días.

 

            Olga días después me comentó al volver de desayunar que Marcela le había comentado que nunca se había imaginado que yo fuera gay. ¿De dónde habrá sacado eso?-preguntó Olga. Ni idea-le contesté, mirando, como quien busca algo, al fluorescente del techo.

 

            Desde entonces noté que cuando veía a Marcela, ya fuera en la oficina o en su cafetería, ahora me miraba de una manera distinta. Si antes los hacía con deseo ahora lo hacía con ternura…¿y qué quieren que les diga? Conociendo su historial, y aún sabiendo que renuncio a posibles e inimaginables goces físicos, prefiero lo segundo.


De viaje

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      Volviendo durante dos horas en autobús, después de otras cuatro horas de reunión y cuando ya el cansancio estaba haciendo mella en mis espaldas, no me digáis que, no es un verdadero regalo para los sentidos, el espectáculo de luces y colores de nubes deshilachadas., del que recogí un instante en esta foto, que se desarrolló ante mis ojos durante más de media hora a través de la ventanilla.


Mirada

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               Hay veces que si queremos ver el cielo, no tenemos que levantar la cabeza, basta con fijarnos y mirar al suelo.


Reflejo

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Ella poco antes de aquel tan preparado encuentro con él, se sentía especialmente ridícula, a pesar de todo lo vivido en aquella existencia que ya lindaba los cuarenta.

 

Sus movimientos estudiadamente cavilosos, acercaron sus dedos al botón de los vaqueros, que se soltó en un ligero movimiento al que siguió el descenso de la cremallera y el deslizamiento de los pantalones, con rozamiento cero debido a la suavidad de sus piernas, hasta los pies. Fue liberando despacio, como si dudara, sus botones y su blusa, lanzada al aire, cayó al suelo con un movimiento que semejó a una medusa nadando. Curvó su cintura hasta que sus dedos agarraron sus bragas y las arrancó de su cuerpo como si éste estuviera deshilachándose, con lo que brindó su desnudez inferior a los ojos del aire.

 

Ahora venía lo más difícil, tanta duda en ella iba convirtiendo aquel instante en en el más insulso que recordaba, así que sus brazos se retorcieron hacia atrás hasta que sus dedos acertaron a soltar el cierre de su nuevo sujetador. Sus pechos, ahora liberados, quisieron parecerle especialmente pesados. Su nerviosismo aumentaba, al saber que iba a entrar en el otro cuarto a encontrarse con él e su piel se iluminó, luciendo como consecuencia de las gotitas de sudor que perlaban todo su cuerpo.

 

No quiso retrasar ese momento de enfrentarse a él y entrecerró los ojos, lo suficiente sólo para intuir el camino hacia dónde él la aguardaba. Las plantas de los pies en su contacto con la frialdad del mármol le transmitía escalofríos. Atravesó la puerta sintiéndose cómoda en la tibia penumbra que envolvía la habitación, aunque percibió la estática presencia de él. Se colocó frente a aquel bulto oscuro al que ya podía tocar si alargaba la mano.  Tragó saliva y no lo pensó más…

 

Como un resorte su mano de dirigió al interruptor de la luz y la habitación quedó iluminada, abrió los ojos y pudo ver su imagen desnuda…reflejada en él…aquel espejo, el primero al que se asomaba tras aquella operación de aumento de pechos. Sus ojos se iluminaron al verse…¡no había quedado nada mal!


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