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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2009.

Momento mágico

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      Hay muchas veces en la vida momentos mágicos que salpican nuestra existencia y en los que  nos acercamos al significado de la palabra felicidad. No suelen ser momentos ruidosos, ni envueltos en bullicio y aunque tengamos los pies en la tierra parece que con los dedos estemos tocando las estrellas.

         En el pasado fin de semana tuve uno de esos momentos mágicos, sentado en un banco de piedra y contemplando los álamos de la orilla del Tormes, mientras el rumor del agua se acompasaba con el descenso trémulo, a través del aire, de las hojas secas que alfombraban caprichosamente el suelo. El sol desprendía los últimos rayos de la tarde, alargando la sombra de los chopos, y entonces fue, cuando me di cuenta que para tener un momento mágico, como ése, sólo hacía falta algo: la capacidad de disfrutarlo.


Los más jartibles

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      Cuando se acercan tiempos malos, hay dos posturas: la del que va sacrificándose en preparación a lo que se avecina o la del que vive lo bueno hasta el último instante pensando que ya habrá tiempo para pasarlo mal cuando no haya más remedio. Con la climatología pasa parecido, los más previsores ya sacaron las ropas de invierno, pero estos de la foto, tomada hoy doce de octubre en un lugar cercano a Rota, los más jartibles de la playa disfrutan del sol y del mar como si estuvieran a principios del mes de agosto.

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Desfile de las fuerzas armadas

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            Hace ya muchos años, cuando el franquismo ya agonizaba antes que Franco, estudiaba un adolescente, al que bien conozco en un colegio religioso de una capital de provincias. Contra lo que pudiera parecer aquel adolescente encontró en el ambiente de aquel colegio y en sus religiosos, una preocupación progresista y social que no era habitual en la sociedad que le rodeaba. Entre las actividades que realizaba su curso estaba la redacción de una revista de esas que se hacían a ciclostil, nunca supe que era eso, y con clichés en una multicopista; las noticias eran variadas. En una de ellas salía un artículo firmado por un religioso hablando del entonces Desfile de la Victoria que todos los años presidía Franco y decía que no estaba bien ese título donde se conmemoraba la victoria de unos españoles sobre otros y que debería transformarse, más bien, en un desfile de las fuerzas armadas.

 

            En cuanto aquella revista salió de las paredes del colegio, se convirtió en un escándalo que sacudió los cimientos de la ciudad. Cartas al director del periódico en protesta por aquel osado artículo y una citación por la que tuvieron que pasar a declarar por el juzgado el religioso autor del artículo y el director de la revista, ¡un compañero de ese adolescente de quince años! Como era de prever, aquello no llegó más lejos de un…¡cuidadito con lo que escribís!, pero hoy después de ver ayer por la televisión el desfile de las fuerzas armadas, no puedo dejar de acordarme de aquel religioso visionario y de aquellos otros que nos enseñaron a ir atisbando los colores de la vida en un mundo que era aún en blanco y negro.


Fiesta local

     Los días de fiesta local, como el de hoy, tienen un aroma especial, en mi pueblo todo se paraliza. Todos los comercios están cerrados, el silencio de las calles sólo son rotas por el ruido de las suelas de los escasos paseantes y hasta los pájaros parecen enmudecer. Es extraña esa sensación de reloj detenido, cuando a sólo a unos escasos kilómetros el ajetreo laboral bulle como en un día normal. De hecho la mayoría de los  centros comerciales y pueblos de alrededor están llenos de mis convecinos que huyen de lo que para ellos supone un pesado silencio.

     Hay otro grupo que ven el día como un regalo para realizar, con desusado sosiego, aquello que en los demás días no pueden hacer. Ya no sólo hablo de todos aquellos con los que me topé esta mañana paseando junto al mar en esa lucha cotidiana del andurrear contra el colesterol, sino algunos, mucho más coloristas, aprovecharon la mañana para dar capotazos en rojo sangre sobre la arena, pensando ¿quién lo sabe? en un más o menos cercano triunfo en otra arena distinta.

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Su acogedora presencia

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         Al fin había llegado ese día soñado por él en que el deseo, perpetuamente anclado en su memoria, de encontrarse con ella, se iba a hacer realidad. Miraba impaciente las agujas del reloj, que a él le parecían, que se movían con lentitud de caracol y sentado frente a la ventana se impacientaba ante el brillo de un sol que no declinaba. Pasaron aquellas largas horas y con la noche llegó su alegría, ¡por fin se iba a encontrar con ella!

 

            Con paso lento, como saboreándolo, se dirigió por el pasillo hasta la puerta del dormitorio, abrió quedo la puerta, como si acaso temiera despertarla y la contempló hermosa sobre la cama. Dejó deslizar su pijama entre las piernas y acercó sus desnudeces hacia donde estaba ella. Se tumbó a su lado y muy despacio con la levedad de sus dedos se solazó en el tacto suave de su superficie. No dilató más la espera y tomándola en sus manos, con delicadeza, la colocó sobre su cuerpo, sintiendo su acogedora presencia. Se movió justo lo suficiente hasta que sus mutuas formas encajaron y así, ella sobre él, pasaron toda la noche.

 

            El amanecer lo pilló bañado en sudor y en un gesto brusco de sus piernas arrojó a ella, al suelo, fuera de la cama. Estaba claro que por mucho que estuviera en otoño y le apeteciera hacía todavía mucho calor para taparse con la manta.


Brillo en el cielo

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      Aunque el atardecer llegue una hora antes, no es obstáculo para que este espectáculo tan barato como maravilloso se haya producido esta tarde en el cielo.


El último escalón

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     Nadie entendía el por qué de que en la decoración de mi renovado despacho, coloqué en un rincón aquel viejo escalón de granito, el último de la antigua escalera de la oficina.

     Nadie sabía cuántas veces aquel trozo de piedra, estéticamente feo, acudía a mi memoria evocándote a ti. Sí, rememoraba el primer día en que estuvimos allí juntos, cómo sentí aquel abrazo tan deseado, como firme y acogedor a un tiempo que sujetaba mi cuerpo, mientras éste tendía a derretirse entre tus dedos. Tu cuello desde la altura que te caracteriza se inclinaba, forzadamente hacia abajo, buscando la proximidad de mi rostro, hasta que...

      ...dando un paso atrás me subí en ese escalón, nuestro protagonista, alzándome en el aire hasta que por primera vez en mi vida, estando de pie, tuve tus ojos frente a los míos, con nuestros cuellos en paralelo sin ángulos forzados. Sentí tus manos a ambos lados de mi cara y, no sé como, sentí cómo mis labios escapaban hacia los tuyos, estallando ambos en nuestro primer beso de colores. ¿Cómo no voy a tenerle cariño a ese escalón?

         Además, cuando algún día el peso de mis preocupaciones hace hundir mi espalda más de la cuenta, me siento sobre él y el roce duro y granulado de su superficie, hace que me empape de ti y me levante con el ánimo adornado.


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