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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2009.

Aromas de septiembre

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     La playa casi desierta nos trae en un hálito la próxima nostalgia del otoño. Los colores se atenúan en la paleta del cielo mientras el ruido bullicioso del gentío del verano ha sido sustituido por el graznido intermitente de gaviotas que planean próximas y se posan elegantes, picoteando la arena en búsqueda de comida, sin que nadie les interfiera. Los que pasean, ejercitando sus piernas por la orilla del mar, con cara de que les queda menos de un año para irse de vacaciones, se resisten a separarse del mar, desafiando la caída de las hojas del calendario.

      Una pareja, madre e hija adolescente, resisten sentadas en sendos sillones sobre la arena, envueltas en toallas, para contrarrestar los aires vespertinos de septiembre. Conversan y una ráfaga de aire me trae fragmentos de las palabras experimentadas de la madre:

-Lo que ocurre es que ahora hay una gran confusión, el acostarte con uno no quiere decir que te guste.

     La hija calla, con la mirada perdida hacia más allá de su corazón, y oye esas palabras que de tanto oirlas solo la  rozan levemente. Su mirada queda atrapada por ese cubo de plástico solitario que está junto a la madre y estoy seguro, de que le invade el recuerdo de antiguos veranos y por un instante le  apetecería quitarse el uniforme de mujer y ponerse el de niña en el que su mayor problema en la playa era que el castillo de arena quedara bien hecho.


La princesa de hielo

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   Novela de suspense de la escritora sueca Camilla Läckberg. Es la primera en la que aparecen los personajes protagonistas de Erica y Patrik, a ésta han seguido otras dos con los mismos personajes: Los gritos del pasado y Los hijos del frío. Una trilogía que ha tenido una exitosa acogida, quizás porque la escritura de esta autora nórdica no tiene nada que envidiar a los clásicos autores del género.

   En "La princesa de hielo" Enrica vuelve a su pueblo natal, tras la muerte de sus padres. Allí se dedica a escribir, pero la tranquilidad de aquel pequeño pueblo se ve sacudida por el asesinato de una amiga de la infancia de Enrica. Ella y el agente de policía Patrik, que no tardará en convertirse en algo más que un amigo, se dedican a investigar un asunto que es mucho más oscuro de lo que pudieron imaginar en un principio.

   Una intriga bien trazada y personajes bien compuestos, animan a la lectura y enganchan hasta que se llega al final del libro.


Provocación

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     No me preocupan los problemas, mientras no me falten las fuerzas para enfrentarme a ellos. . Rebusco en mi silencio y me siento a gusto con lo que me rodea. Descubro en los demás sus resquicios de bondad. No me afectan los pesimismos ajenos, no voy en busca de verbenas, ni me solazo en las muchedumbres jaleosas. Sin duda, a todo ello le afecta la provocación, que tú me haces, a la vida cada mañana.


Las alas de mi padre

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       Si hace unos días me quedé atrapado por la prosa de Milena Agus, en cuanto he tenido una oportunidad he leido este libro para reiterarme en sus letras.

       De nuevo la autora nos traslada a su tierra, Cerdeña, donde vive y escribe. La protagonista "Madame" tiene un terreno a orillas del mar que se resiste a vender a los especuladores, con lo que crea el enfado de las familias vecinas que ven en ello un a dificultad para que ellos puedan hacer negocio. Es una mujer original, desenfadada, solitaria, pero rodeada de amantes y en búsqueda de un amor que continuamente le da de lado.

       Lo que más me ha gustado es el tono de la narración, escrita por la una vecina adolescente de la protagonista. Sin duda, eso supone una dificultad a la hora de escribir, ya que la narración debe hacerse con las palabras de la adolescente. Dificultad bastante bien salvada y que hace agradable y cercana la narración. El título del libro se repite varias veces, incluso en los títulos de varios de sus capítulos y hace referencia a la desaparición, un día, del padre de la adolescente y que, desde entonces, tanto echa de menos, pero un día se le apareció:

        "Noté un soplido, como si alguien jugara a echarme viento. No lo veía, pero ésa era una broma típica de mi padre. El viento agitó las sábanas, las levantó hasta el techo y se formaron dos alas grandes, una con la sábana bajera, otra con la encimera, y se distinguían porque la encimera tiene pasamanería y la otra no. Me quedé únicamente con las mantas y mi padre no paraba de soplar, el muy juguetón, y en vez de morirme de miedo, me divertí como loca. Entonces comprendí que mi padre había muerto y no volvía a casa porque no podía, no porque no quisiera.  Esta idea la tuve desde siempre, desde el día en que se fue, que mi padre no es de esos que abandona así a los suyos. Sobre todo a mí, la primogénita, su preferida. Y lo cierto es que volvió, a su manera, volvió a mi lado".


Portátiles ¿de regalo?

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La Junta de Andalucía a través de la Consejera de Educación ha anunciado que durante el próximo curso se le regalará un ordenador portátil a todos los alumnos de 5º y 6º de primaria, en total poco más de 173.000. Me cuestiono si es tan necesario, sobre todo en los tiempos de crisis que estamos sobrellevando,  ese gasto que no creo que sea tan imprescindible para la educación de nuestros hijos. Más bien lo que suele ocurrir a esas edades es que tenemos que restringirles el tiempo de acercamiento a los ordenadores y motivarles para que trabajen más tiempo con los libros y cuadernos.

 

            No es difícil figurarse una clase de 25 alumnos tecleando, con un profesor que, quizás ha sido introducido recientemente por pura necesidad a las nuevas tecnologías, e intentando centrarlos en el estudio de una determinada página académica.  Mientras, los alumnos que la mayoría a esas edades dominan con maestría la informática, cuando no son verdaderos hackers, se dedican a chatear por el Messenger o a comentar fotos en el Tuenti. Los ordenadores se podrán llevar a casa y es fácil imaginar algunos haciendo de postes de portería de fútbol en el patio de recreo. Luego llegarán a casa y se encerrarán en su cuarto durante horas con el ordenador, hay mucha tarea se excusarán a los padres, quienes no entenderán como después de tantas horas de “trabajo” en casa sacan sus hijos esas notas tan nefastas. Todo ello sin contar cuando se estropeen los ordenadores ¿habrá un técnico de mantenimiento en cada centro?

 

            Creo, en definitiva, que la Consejería de Educación podría ahorrarse esa inmersión obligada a los alumnos en la informática y dedicar ese dinero y esfuerzo a educar en esas asignaturas y valores de las que tanto cojean nuestros escolares.


De vez en cuando...

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…me gusta pensar que la vida real es como una quimera soñada y que cuando despierte  voy a volver a esa realidad en que tu ausencia es extraña y la distancia que nos separa inexistente. Tu voz algo que melodiosa mi existencia y alborota gratamente mis silencios.  Tu cuerpo tan imprescindible para mí, podría describir el sabor de cada rincón, como impredecible en esos gestos siempre nuevos en que, cada vez, me sumerges en nuevas caricias. El aroma de tu piel, tan habitualmente fusionada con la mía, es algo que me acompaña durante el día, pasando a perfumarme la hondura de mis poros. Tus ilusiones futuras encajadas como un puzzle con las mías y construidas por nosotros a cuatro manos. Nuestro tiempo compartido y creado por gestos mimosos, de silencio enriquecido por la luz de tus ojos, de tu ánimo revestido de sonrisa, de palabras que siempre renuevan mi ánimo, de tu mano caminando cogida a la mía…

 

            De vez en cuando me permito también, mientras construyo una sonrisa, soñar que tu cabeza se deja caer con ternura sobre mi hombro, aunque sólo muy de vez en cuando…

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Su primer día

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         Terminó de atusarse su cabello al espejo en un instante, observándose unas patas de gallo más acentuadas que de costumbre, y se dirigió a la cocina donde Raúl y Beatriz estaban terminando su desayuno. Beatriz se había echado una mancha sobre su blusa inmaculadamente blanca y ella como pudo, nerviosa pero con mimo, la quitó con una servilleta húmeda.

 

            A continuación se colgó su bolso y sujetando el llavero con la boca, salió de casa de la mano de los dos. Ella era la que estaba más nerviosa de los tres en el que iba a ser el primer día, no sabía como reaccionarían ellos en esta nueva etapa  de la vida que hoy comenzaban. Se dirigieron hacia el coche que estaba a la puerta de la casa y los sentó a los dos detrás, colocándoles el cinturón de seguridad. Raúl no paraba de hablar mientras Beatriz permanecía sonrientemente silenciosa.

 

            Al detenerse frente a la puerta del colegio, Raúl le dio un beso a Beatriz y un abrazo muy fuerte a ella, los ojos llorosos del pequeño resistieron, él decía que los hombres no lloran y mirando atrás de vez en cuando marchó, con paso dubitativo y de la mano de su joven maestra, hacia el interior. Ella le echó una mirada empapada en ternura mientras su hijo se alejaba en su primer día de colegio. Arrancó y diez minutos después se detuvo de nuevo ante un edificio de paredes lisas y amplios ventanales. Sacó con cierta dificultad a Beatriz que la miraba con ojos de verla sin reconocerla. Esta vez el abrazo fuerte partió de ella y una joven que salió del edificio cogió por el brazo a Beatriz y acompasándose a su paso entraron muy muy lentamente en el centro de día de enfermos de Alzheimer.

 

            Ella, subió al coche de nuevo y se dirigió a su trabajo. Intentó sonreír, pero cuando recordó treinta y cinco años antes la mirada amorosa de Beatriz cuando la despidió a ella en la puerta del colegio, no pudo evitar que sus ojos estallaran en lágrimas.


¿Ya has terminado con eso?

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        No podía esperar más, el verano había hecho de las suyas y su cuerpo cuarentón visualizado en el espejo tenía pinta de abandonado, cual si se tratara de un campo en barbecho, ese mismo día nada más salir a la calle fue a apuntarse al gimnasio. Desempolvó la ropa de deportes de su armario, no sabía si fue cosa suya le pareció que una araña saltó desde una de las mangas y desapareció en la oscuridad, bajo las perchas. La camiseta era de fútbol, concretamente del Barcelona y le pareció que aquel nombre de Cruyff en su espalda, la hacía un poco anticuada.. Le estaba un tanto apretada, pero no dudaba que en poco tiempo, con el ejercicio, aquel cuerpo se iría modelando y deslizándose mejor en la tela.

 

            Se motivó mientras entraba por la puerta del gimnasio, pensando en  aquellos cuerpos turgentemente femeninos que le alegrarían su vista, pero debía ser en otro sitio, porque en aquellos aparatos oxidados que tenía ante sus ojos sólo había un joven escuchimizado de brazos muy musculosos y otro más talludito que, al pronto, supuso que si existiera el abominable hombre de las nieves sería algo parecido a él. Debía de medir cerca de dos metros, tenía ojos saltones y una nariz tan chata que parecía hundirse en el interior de su cara, su espalda era tan amplia como cuatro veces la suya y abundantes pelos, extremadamente largos, salían por todos los huecos de su camiseta. Aunque lo que más le llamó la atención era su olor, una mezcla entre carne rancia y hierro oxidado.

 

            Subió a una bicicleta y empezó a pedalear de forma vigorosa durante doce segundos, teniendo que bajar el ritmo seguidamente. A los tres minutos se puso a su lado aquella mole humana y le dijo:

-¿Ya has terminado con eso?

 

            El no entendió como habiendo ocho bicicletas vacías, quería montarse en esa, pero se vio contestándole que enseguida terminaba. Se fue a la cinta, se imaginaba, para animarse que caminaba por la orilla del mar, pero al momento escuchó de nuevo esa voz cavernosa:

-¿Ya has terminado con eso?

 

           

            Tardó menos de un minuto en descender, impelido sobre todo por aquel olor ranciamente oxidado. Y se fue a hacer pesas…y la situación se hizo reiterativa, con lo cual se pasó toda la hora yendo de un aparato a otro con aquella mole como si fuera una sombra. Pero lo peor no fue eso, al día siguiente decidió ir a una hora diferente y allí estaba con la misma repetitiva actitud. Intentó ir los siguientes días a diferentes horas pero siempre estaba allí insistente y oliendo peor cada vez. La situación empezó a obsesionarle y soñaba con aquel individuo que en sueños se carcajeaba de su situación y que cada noche le decía: ¿has terminado con eso?, lo que hacía despertarse sudorosamente sobresaltado. Entre el agobio que le producía la situación y que le acompañaba durante el día y la noche y aquella variedad de aparatos de gimnasia adelgazó varios kilogramos. Su mente siguió ofuscada pero su cuerpo, ahora estilizado, llegó a hacerse tan deseable que una madurita de carnes prietas, puso en él sus ojos..

 

            Sus aompañados paseos vespertinos teñidos de singular romanticismo, le hacía olvidar parte de su problema. Sus primeros encuentros  no fueron nada táctiles debido a la natural timidez de nuestro protagonista. Al fin, un día decidió dar un paso adelante y sentados en un banco del parque acercó temerosamente sus labios a los de ella, vio alegre que eran tiernamente acogidos. Pero entonces, algo sucedió, aquella cercanía íntima le trajo a su nariz un olor a rancio que conocía bien…¡no era posible! Aquella obsesión le debía estar enloqueciendo… Un golpe seco en el omóplato le hizo girar la cabeza. Aquel individuo estaba allí a su lado y pudo casi predecir lo que le dijo a continuación:

-¿Ya has terminado con eso?

 

            Se quedó paralizado, sin palabras, mientras la madurita y el gordo se sonreían sensualmente. Allí quedó disuelto sobre aquel asiento de madera mientras ellos se alejaban. De vez en cuando se cruzaba con ellos por la calle y alguien le dijo que ella iba diciendo que lo que le había enamorado de aquel “australopiteco” como el lo definía era su intenso olor a feromonas. Algo sacó de todo esto, a partir de ahora estuvo tranquilo en el gimnasio y se hacía cada día varios kilómetros en la bicicleta.


Mañana de preotoño

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              Esta mañana, al salir a la calle, las primeras luces del día arrancaban hermosos destellos a las calles solitarias. El cielo azuleado con tonos brillantes apenas tenía unos tiras deshilachadas de nubes blancas. Es el primer día, en muchas semanas, donde una brisa alegre acaricia esos trozos de mi piel que están al aire y cuyos vellos se erizan como si saludaran agradecidos a esa sensación de frescor. La luz hermosea el ambiente y no sé por qué en una extraña asociación de ideas, la comparo con esas doncellas núbiles que eran cautivadas por los cantos de los trovadores del medievo.

 

            El verano adolece de puro viejo, aunque no está dispuesto a diluirse sin dar alguna que otra sacudida todavía, la naturaleza va preparándose a dormitar en los brazos de la nueva estación que está a punto de iniciarse. Sí, decididamente, me encantan las mañanas de preotoño, como la de hoy.

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Los gritos del pasado

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             Tras leer “La princesa de hielo”, me quedé con ganas de seguir leyendo la segunda novela de la escritora sueca Camilla Läckberg y no me ha decepcionado su lectura. El lugar donde se ambienta la novela es el mismo, la ciudad costera sueca de Fjällbacka y los personajes empiezan a hacérsenos viejos conocidos, especialmente sus protagonistas Enrica y Patrick.

 

            De aquel romance que surgió entre ellos en la primera novela, es ahora fruto el avanzado embarazo de Enrica que viene a coincidir con el asesinato de una joven en la ciudad, cuyo cadáver aparece junto a los cadáveres de dos jóvenes desaparecidas hace veinticuatro años. Esta investigación estará dirigida por Patrick. Viejos recuerdos se irán removiendo y algunos fantasmas del pasado harán su aparición.

 

            La intriga perfectamente urdida, va atrapando desde el principio y las claves de todo el misterio se iran desvelando en los momentos oportunos. Lo que ya estoy deseando es hacerme con  la tercera novela de la serie que ya ha sido publicada.

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De entre los labios

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Si hay una forma maravillosa de contacto esa es el beso. Agazapado entre los labios permanece inexistente e invisible hasta que nos decidimos a que brote y, entonces, esa piel ajena sobre la que depositamos la leve humedad de nuestros labios parece adquirir vida, que en muchas ocasiones se transmite mucho más allá de los labios del emisor del beso, porque si hay algo que caracteriza a los besos es la ajeneidad de de la piel de donde se depositan. Un autobeso o un beso al aire son más bien chasquidos. Sin duda la sensualidad que descubrimos en los labios de alguien debe partir de esa conciencia de estar frente a la fábrica de besos, por muy estáticos que puedan éstos mostrarse en ese momento..

 

            Si quisiéramos hacer una clasificación de los besos sería algo interminable, están desde aquellos minúsculos, pero muy vivos, que se enredan, uno tras otro, como las cerezas, hasta esos otros gigantes, ampulosos de labios chuperreteados por los que escapa ansiosa y desatada la lengua. Están los besos que cauterizan las heridas del corazón, los que encienden la yesca de una gran explosión, los que permanecen para siempre en el recuerdo, los que nos hablan más que mil palabras. ¿Y quién no se deja envolver, cuando no tiene otros, en la estela de los besos soñados y mil veces deseados? Me quedo con todos estos besos de verdad, especialmente los que se dan sin miradas al reloj y, sobre todo, porque apetecen y surgen de dentro sin poder sujetarlos.

 

           

            Entre las medidas preventivas de la gripe A se nos dice la limitación de besos y  efusivos contactos en los saludos. A mí eso me parece de maravillas si hacen desaparecer esos otros tipos de besos que se dan socialmente de muy mala gana: besos de cartón piedra y labios secos en que, a la vez, nos trastornamos con el chocante perfume, meros e hipócritas acercamientos de cara, ruidos al aire como si hubiéramos besado… Ojalá se eliminaran de la sociedad todo este tipo de besos y nos quedáramos con los otros, para los que haría falta mucho más que una gripe para que desaparecieran.


Escritura adolescente

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        Hay una etapa en nuestras vidas en la que todos escribimos…eso es lo que pensé cuando me topé con aquella joven escribiendo sobre un cuaderno rojo, solitaria, sentada en aquel banco de madera frente al mar. Escribía con fruición y el cuello torcido sobre el cuaderno, aislada de todo lo que le rodeaba, como solo lo hace quien está extrayendo de sus honduras los más íntimos de sus pensamientos. De vez en cuando levantaba la cabeza mirando, sin ver, al frente, como si esa dos tonalidades azules, tan diferentes de mar y  del cielo, le sirvieran de musas.

 

            Sí, a esa edad todos escribimos, descubrimos que nos suceden cosas tan raras, tan maravillosas y tan desagradables, a la vez, que pensamos que somos un bicho raro y nos estremece y nos cuesta el compartir lo que vivimos con lo que nos rodea. ¿Qué mejor que hacerlo con ese papel silencioso que nos comprende como nadie, nos respeta y que cuando está abierto nos parece que nos está sonriendo? Allí desgranábamos nuestros poemas de amor, nuestra desesperación por no entender ese mundo en el que vivíamos, ese amor creciente que brotaba de nuestro interior y que no era compartido, sobre todo porque a nadie nos hubiéramos atrevido a decir que estábamos enamorados.

 

            Y un día en que alguien nos revelaba que tenía nuestra misma “enfermedad”, ya no nos creíamos tan raros, crecimos…de raros nada, ya empezábamos a sentirnos hasta vulgares. Y dejábamos de escribir…aquellas letras ya no eran interesantes ni para nosotros. Ya creímos que sabíamos casi todo de la vida.

 

            Pero algunos siguen, seguimos escribiendo, aunque ahora lo que nos desgasta las yemas de los dedos sea más bien el teclado que la presión del bolígrafo, porque somos conscientes de que ignoramos mucho del mundo que nos rodea,  parte de su conocimientos están en esas personas y circunstancias que nos rodean, pero la mayor parte está en nuestro interior y  ¿qué mejor forma de sacar lo que llevamos dentro que seguir enfrentándonos todos los días a un papel en blanco?


Diálogo de otoño

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          Ayer por la noche, enterado de la llegada del otoño, salí a recibirlo a la terraza. La ocasión lo merecía. La oscuridad de la noche estaba rota por el centelleo lejano de las estrellas y la luz casi vergonzosa, todavía, de la luna creciente, cuando éste hizo su aparición con formas de mujer, a pesar del artículo masculino que lo precede,. Traía cubierta sus desnudeces con una sedosa tela, danzante al viento, que la protegía del aire fresco y estimulante de la noche. Se detuvo a conversar conmigo, se la veía animosa y resuelta muy diferente a esa imagen decadente de la estación a la que nos tienen acostumbrados los poetas.

 

             No mostraba la frescura naciente de la primavera, ni la euforia exultante del verano, sus palabras eran encendidas,  reflejo de la vida madura que latía en ella. Y como una vieja conocida refrescaba mi memoria de encuentros anteriores que tuvimos. De ratos de infancia en que se alargaban las perneras del pantalón, como todo un  acontecimiento preadulto, llegadas estas fechas. De acogedoras reuniones familiares, con gente ya desaparecida, en el seguro refugio del calor del hogar cuando el viento ¿se veía?, volar a través de la ventana. De paseos sobre hojas secas, acompañando esos crujidos a los latidos de un joven corazón enamorado. De cambios de vida, lugares, situaciones y rostros, siempre ocurridos en estos días…

 

            Y esos recuerdos compartidos entre ella y yo, tendieron a convertirse en nostalgia, hasta que mis años, vigilantes,  rechazan ese sentimiento y lo transforman en la sensación de que, seguramente, éste pueda ser el otoño más hermoso de toda mi vida.


Las hijas del frío

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      He tenido la suerte de que tras las ganas que me quedaron de seguir leyendo después de la segunda novela de Camilla Läckberg, ha llegado a mis manos la tercera de sus novelas, la última, publicada en España hace sólo unos meses. Una vez más aparece la ciudad de Fällbacka, donde se desarrolla la vida de sus protagonistas, Patrik y Enrica a los que vamos conociéndolos más cada vez. Su vida ha ido transcurriendo y Enrica que ha tenido una niña, está todavía sometida a una despresión postparto. Una niña de siete años, hija de una amiga de Enrica es encontrada ahogada, pero lo que parece un accidente se descubre que es un asesinato y, una vez más, Parik será el encargado de dirigir la investigación policial.

     La autora va urdiendo la trama con creciente habilidad y es especialista en dosificar el misterio, porque hay veces que una llamada de teléfono, una pista, revela algo...pero, en ese momento, un hábil cambio de escena hace que esa explicación se retrase ante la impaciencia del lector. A lo largo de todo el libro, va desarrollando una antigua historia, no menos interesante, que no se revelará hasta el final su relación con la historia principal.

      No me extrañaría que siguieran nuevas historias, de hecho alguno de los temas, los deja como presentados y sugiriendo que seguirá profundizando en ellos. Decididamente, ¡me ha atrapado!


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