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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2010.

Lo que le falta al tiempo

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     El otro día en un paseo por la Biblioteca pública el nombre de Angela Becerra me atrajo en este libro desde una de las estanterías y cinco minutos después salía con él entre mis manos, pensando en disfrutar con la escritura de esta autora colombiana. Y no me ha decepcionado su lectura que he hecho en este largo fin de semana.

      La novela está ambientada en París, donde en una casa del Barrio Latino, vive Manzarine una joven huérfana. Sus únicas compañías son una gata y el cadáver incorrupto de una joven, la Santa, que tiene guardado en un armario. Un secreto del que desconoce su historia, pero tras el que anda una sociedad secreta. La afición a la pintura de Manzarine, le hace que solicite recibir clases a Cádiz un afamado y maduro pintor de renombre internacional. Pronto una extraña corriente, donde se entremezclan la pasión profesional y la erótica, se crea entre ellos y una imparable necesidad del otro los suma en una continua crisis vital.

       Una historia, que atrapa desde el principio, con sabores de Paris, con retazos de misterio y empapada de pasión, presidido todo ello por la quietud de la Santa y el misterio que encierra.

       "Volvía sobre su pasado. Iba recorriendo un escenario vivido, tratando de pescar sueños en el lago de su memoria que le sirvieran para su presente. Algún deseo olvidado en el recodo de una esquina, algo que se hubiera quedado en aquellas calles, tan vividas por él y su mujer y les resucitara...a ambos. Tenía ganas de volver a desear a Sara como al comienzo de su relación, de sincronizas sus anhelos con su tiempo, de que deseo y edad convergieran, de aceptar lo inevitable: el inicio de su decadencia. Pero el recuerdo recurrente de su alumna no lo dejaba."


Nexos inadvertidos

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      Junto a mi trabajo, desde hacía años, había un gran supermercado en el que yo aprovechaba muchos días al terminar la jornada para comprar esas cosas de última hora que siempre faltan en una casa. Era cómodo tenerlo ahí, por eso me entristeció cuando me enteré que, por motivos estratégicos, la empresa lo iba a trasladar. Y así lo hicieron hace un mes, el supermercado, como si fuera un templo egipcio que se traslada piedra a piedra, y todo su personal se desplazaron a otra  localidad distante 25 kilómetros y dejando, en cierto sentido, huérfano al barrio.

      Ahora da una cierta pena el pasar junto a aquel local, en otro tiempo vivo, y hoy cerrado con papeles grises, pegados en los cristales, como queriendo disimular la actual desnudez del local. Ayer sábado, como tenía tiempo, me fui a hacer la compra a esa otra población y de paso conocer al nuevo supermercado. Y fue, cuando me di cuenta que, a veces estrechamos nexos entre las personas que nos pasan inadvertidos. Mi relación con los trabajadores había sido de simple cliente, pero todos me saludaban sonrientes al descubrir a aquel antiguo cliente al que ya conocían. Lo que más me llamó la atención fue, al cruzarme con un pasillo con el encargado que llevaba dos garrafones de aceite,  y al reconocerme se detuvo y dejando uno en el suelo, me saludó estrechándome la mano muy afectuosamente. Y es que en nuestra vida cotidiana vamos dejando más nexos y rastros, entre los que nos rodean, de los que podríamos sospechar.


El penúltimo sueño

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Dos  ancianos, Joan y Soledad, vestidos de boda y abrazados son encontrados muertos en un piso de Barcelona. Lo que más llama la atención es que, aparentemente, no se conocían. Andreu, hijo de Joan, y Aurora, hija de Soledad,  cada uno por su lado empiezan a investigar el pasado de sus padres y van descubriendo que había muchas cosas que desconocían sobre sus vidas, quizás las más fundamentales.

La búsqueda es complicada porque les llevará a una historia ocurrida más de sesenta años antes, en la que no sólo los protagonistas están muertos sino que los demás personajes, recuerdos y paisajes, aparecen sumamente desvaídos, cuando no desaparecidos, por la pátina del tiempo. Estas indagaciones le harán surcar el océano y atravesar unas fronteras personales que nunca imaginaron.

Una bonita historia, bien hilvanada por Angela Becerra, de amores intensos y desencuentros insistentes. A través de toda ella se filtran los sones musicales de un piano, que resuena constantemente, a través de los dedos de tres generaciones de las respectivas familias y un amor que no sólo sigue vivo durante tantos años sino que se prolonga más allá de la vida de sus protagonistas. 

  “Su boca se acercó húmeda de aliento hasta posarse en los párpados cerrados de la mujer de viento. Un beso ingrávido suspendido en un hilo de seda.

            Quería sentirla sin romperla. Temía que aquella pasión se le desbocara como caballo nocturno, pero no pudo evitarlo. Por lo menos no sus dedos, que resbalaron desde el cuello blanquísimo, nacimiento de piel palpitante, hasta rozar el centro del escote, metiéndose entre dos montañas de piel que se erguían respondiendo vivas.

             Aurora, que no podía abrir los ojos, inmovilizada como estaba de placer, sentía aquellos dedos como diminutos pájaros en fuga dentro de su corpiño; teñían de ansias con sus plumas rojas no sólo las zonas tocadas, sino los lugares más impenetrables de su cuerpo. Aún no se habían besado y ya su piel se le caía en suspiros. No podías detenerlo. Sabía que sólo bastaba una palabra, su propia mano o una mirada abierta para impedir que la tocara, pero su voluntad no la escuchaba; había desplegado por fin sus alas y volaba por encima de ella misma…enseñándole el placer del primer vuelo.”

 “-Dejame amarte con los ojos.

            Lo dejó.

            Sus ojos se convirtieron en sus manos. Nunca lo había hecho así. Empezó a desvestirla con aquel verde húmedo que concentraba todas sus ansias: primero la tomó desde el alma. Palmo a palmo, botón a botón, fue desatando el vestido de su espíritu hasta tocar con sus ojos aquella piel escondida y poseerla. Después, su mirada se hundió en su pensamiento. Entrando y saliendo.. entrando y saliendo, despacio, sin prisas. Sintiéndola sin tiempo. Nada lo esperaba y lo esperaba todo. Sus ojos rebuscaron entre los pliegues femeninos de sus miedos y pudores, hasta encontrar la llave y liberarla… Ahora la sentía rotundamente desnuda en su vestido negro. Libre, bella, plena… Una aurora boreal encendida. Sólo con sus ojos. Sí, podía amarla sólo con sus ojos.

         Aurora sentía su cuerpo en llamas. Su mirada quemaba, humedecía, esclavizaba, hundía, elevaba…elevaba... La hacía sentir viva.”


Su primera vez

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Tras una noche inquieta de evaporados sueños, despertó. Había llegado para ella aquel día tan importante de su primera vez. Se levantó con sus ojos aún entrecerrados y se dejó acariciar por el agua caliente. Mientras se secaba y blancos vahos se desprendían de su piel contempló, dubitativamente, su cuerpo desnudo, intentando adivinar la mirada con la que él la cubriría dentro de unas horas. Un cuerpo, que ya rozada la cuarentena, iba a dejar al descubierto, por primera vez, aquel tesoro que guardaba entre sus piernas. 

     Embadurnó su piel, friccionándola insistentemente  de pies a cabeza, con cremas untuosas de diversas consistencias. Apuró su depilado hasta extremos, para ella, hasta entonces inconcebible. Ensayó mil peinados hasta descubrir que lo que mejor le sentaba era peinado con algo de volumen y caída natural. Y maquilló su rostro dándole una viveza similar a la que conseguían arrancar los impresionistas a los, en sus orígenes, simples lienzos blancos.

         Abrió con delicadeza la caja de cartón donde tenía primorosamente doblado aquel juego de lencería de ribetes y encajes color vino tinto y un olor a tela nueva abrazó su nariz. Ajustó el sujetador y las bragas a su cuerpo gustando la delicadeza con que abrazaban sus curvas. Zapatos oscuros de tacón alto y un vestido de brillante color de fuego, que descendió sobre su cuerpo agitando el aire circundante, completaron su atuendo. Salió de su casa intentando retener la velocidad de sus pasos y que la impaciencia no le hiciera llegar antes a la cita que él le había dado.

Cuando llamó a su puerta él la esperaba... Intercambiaron unas breves palabras, teñida por el rubor, casi no lo miró a sus ojos. Todo sucedió bastante rápido, ella se tendió  y le brindó la oquedad entre sus piernas y él desarrolló lo prometido con la habilidad que le caracterizaba. No sintió ningún dolor...Ya se lo había avisado que una revisión ginecológica no era tan molesta como se decía. Ella se prometió a sí misma no tardar tanto en acudir a la segunda como había tardado en venir a ésta.


Envidia a los columpios

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            Tengo envidia a los columpios con ese trabajo tan gratificante de divertir siempre. Con sus patas bien fijas en el suelo y unas cadenas que en vez de atar sirven para liberar su asiento oscilante. Se dejan acariciar por el sol, refrescar por la lluvia y  les basta con una  mano de pintura para sentirse renovados. Por la noche, cuando silencian sus chirridos, se dejan alumbrar por la luna y acariciar por la mirada de las estrellas. Espabilan cada mañana sin necesidad de desperezarse siempre que obtengan ese impulso necesario y creativo que los pone en movimiento y que raramente, desde entonces, les impide que la soledad los invada.

            Cada día siempre es nuevo y viene cargado de los rumores de un jolgorio infantil que nunca envejece, porque, con el tiempo, los niños que juegan siempre son sustituidos por otros. Surcan el aire sin cansarse, jugueteando a su alrededor las ramas de los árboles, moscas, libélulas y mariposas de colores, con lo que semejan celebrar una perpetua fiesta de cumpleaños.

            Sí, decididamente tengo envidia de los columpios.


Una compleja relación

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         Quizás si él hubiera preguntado a los de su alrededor le habrían advertido que no le convenía aquella relación con ella, pero por si acaso se abstuvo de preguntarlo. Desde que a ella la vio a ella se sintió prendado por su peculiar belleza, le encandiló aquel tono azabache de su piel, e incluso aquella mancha roja que en ella resaltaba con una especial donosura. La atracción se fue convirtiendo en irresistible, tanto, que concluyó que era algo netamente genético lo que le atraía tan sexualmente de ella.

            No le costaba darse cuenta de que a ella no le resultaba nada indiferente y que también se sentía fascinada por él. Se acercaron mutuamente y, sin decirse una sola palabra, los gestos lo decían todo, sus cuerpos se fusionaron tan igual o tan diferentemente de cómo se hacía desde los albores de la historia. Disfrutó de aquel momento como si fuera el último de su vida.

Cuando su cuerpo terminó de agitarse, sintió, casi inadvertidamente, como los quelíceros de ella se hincaron sobre su piel y fueron inoculando su veneno en el interior de su cuerpo. Su vista se le fue nublando y sus ocho patas se quedaron sin fuerzas, ahora fue cuando entendió por qué a aquella atractiva araña le llamaban la Viuda Negra.

           

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Parece imposible...

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...que esta imagen, tomada hoy, de tanto colorido y sosiego se simultanee con esas partículas horrorosas e invisibles que me han atacado hoy, produciéndome ráfagas incontroladas de estornudos y lagrimeos carentes de tristeza. Sí, ya hoy ha quedado irremisiblemente inaugurada la temporada primaveral de alergia, que me acompañará , habitualmente, durante todo un mes.

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