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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2010.

¡Cuánto tiempo!

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     De mi trabajo forma parte esencial, siendo lo que más me gusta, la atención al público. Rodeado habitualmente de papeles, me gusta ese rato en que los dejo reposar sobre y la mesa me pongo frente a alguien para intentar solucionarle la cuestión que me plantea. Me doy cuenta de que, como en la vida, y eso que he hecho cursos al respecto, ningún libro ni curso te enseña lo que cada día se aprende con la experiencia. Una de las cosas que he aprendido es que no todos los que vienen a verme buscan soluciones, hay casos imposibles de resolver y lo que esperan de ti, simplemente, es una atenta escucha. Hay otros, quizás los más desagradables, que sólo desean gritar, echar la bilis por la boca, a estos no siempre es fácil escucharlos, pero se intenta y, a veces, terminado su discurso incluso se les percibe una cierta felicidad.

            Algunos son clientes habituales, de años, a los que les basta tres palabras o un gesto bastan para indicarme lo que quieren. Otros son ocasionales, les surge un asunto y durante meses hablamos, van y vienen, hasta que finalizado, parecen desaparecer en la noche de los tiempos. Eso me pasó ayer con uno, lo reconocí después de muchos años y le digo:

-¡Cuánto tiempo que no te veía! ¿Dónde te habías metido?

     Sin palabras me enseña un impreso firmado por la subdirectora de una prisión, en el que de forma escuetamente administrativa informa de en dónde se ha pasado los últimos diez años. Sin duda su aspecto ha cambiado, para bien, aquel muchacho de aspecto inquietante hoy es un hombre de rasgos sosegados. Me sonrió y me dijo:

-Yo también hacía mucho tiempo que no lo veía a usted.


Puñetero agosto

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       Entiendo que muchos estén esperando este mes como “agua de agosto” para disfrutar  de ese descanso merecido y necesitado tras tantos meses de duro trabajo, pero a mí por distintas y variadas razones es el mes que menos me gusta del año.

       Para los que vivimos en un lugar de costa supone la invasión por todos sitios de muchedumbres incontables. La dificultad creciente de encontrar un hueco para colocar la sombrilla en la playa. El olvidarme del coche, porque ¿para qué sacarlo del garaje si luego no hay sitio para aparcarlo? El aprender el desusado arte de hacer colas, hasta para comprar una pieza de pan. El toparse en cualquier aspecto burocrático con una administración a medio gas: eso lo lleva fulanito, pero hasta septiembre no vuelve. Oficinas que habitualmente abren por la tarde y que ahora con media jornada semejan a una verbena, sólo les falta la música. La ausencia de esa revista a la que estamos suscritos. El obligado jaleo nocturno de los que están de vacaciones, que dando voces en la madrugada, para envidia de los que intentamos dormir, quedan a las doce del día siguiente para ir a la playa. La transformación de vestuario a la que parece empujar el sol y que hace que hasta el abogado de mi barrio, siempre pulcramente trajeado, se pase el día deambulando por el mismo en chanclas y pantalón corto. El calor sofocante con que nos invade este mes y que nos hace estar continuamente sudosos hasta pr la noche.

     Sí, de vez en cuando se me ocurre decir: puñetero agosto! Y todavía falta más de medio mes. No es extraño que el día de San Ramón Nonato, por la noche, tras haber felicitado a los ramones, salga a la terraza con una bandera de colores a dar la bienvenida a Septiembre y saludar a la rutina con una amplia sonrisa.


Guerra y Paz

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    Como ya escribí en el post del 31 de julio, me decidí a leer la obra cumbre de la literatura rusa: Guerra y Paz. Tras varias semanas de ardua e intensa lectura he culminado mi objetivo. Escrita por León Tolstoi, de quien este año se celebra el centenario de su fallecimiento, nos narra la historia de distintos personajes de la vida rusa desde el año 1805 a 1820, época que en gran parte coincide con las invasiones por parte de Napoleón, un personaje que aparece a lo largo de la novela y algunas veces de manera directa.

     Son cuatro las familias, cada uno con sus respectivos personajes, en torno a los cuales se va desarrollando una elaborada trama: Bezukhov. Bolkonsky, Rostov y Kuraguin. Aparte aparecen personajes reales como el ya citado Napoleon, el zar Alejandro I o el general Kutuzov.

      Nos aparecen retratadas estas familias de la alta sociedad rusa en las fiestas de sociedad, hablando de la guerra con los franceses, intrigando amores o desarrollando compromisos matrimoniales. Los franceses invaden Rusia y algunos de los miembros de estas familias se enrolarán en el ejército como oficiales. Veremos ante nuestros ojos los ejércitos preparándose para entrar en combate, los preparativos del Estado Mayor y seremos testigos del caos de la batalla, del estruendo del sonido de los cañones y de la tragedia que crea a su alrededor toda guerra. Incluso en algún momento no está tan claro quienes son los vencedores y quienes los vencidos. Los distintos personajes salen y entran de la narración y sus historias se van entrelazando a lo largo de tantas páginas. 

        Impresionante narración que atrapa en la lectura, aunque la traducción que he leído da la impresión  de no ser demasiado buena y no ayuda a que se lea fluidamente, aparte de que le ha dado por traducir todos los nombres, la princesa Natasha, es Natalia y Nicolai es Nicolás, y españolizarlos. Vale la pena animarse a sumergirse en el universo de Tolstoi.

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Contra el viento del norte

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    Leo Leike recibe, por error, mensajes de una desconocida llamada Emmi y le responde. Casi sin darse cuenta se va estableciendo un diálogo entre ellos, que de lo superficial va progresando a lo íntimo. Aquellos correos electrónicos del otro que van llegando al buzón de entrada se van convirtiendo en una verdadera necesidad, fruto de una peculiar e intensa relación que se va estableciendo entre ellos y en que se plantean por un lado la necesidad de conocerse personalmente y, por otro, si ese conocimiento no va a destruir esa imagen única que se han hecho del otro.

            Escrita con un novedoso género literario, el de los correos electrónicos,  con reminiscencias al género epistolar pero con sus peculiaridades, Daniel Glattauer consigue atrapar hábilmente la atención del lector, que va participando de esa creciente intriga que se establece con el mero uso de las palabras y sin otras ayudas externas en una relación como pueden ser la mirada o la cercanía. Cuando se termina el libro nos quedamos con ganas de más y así nos anuncia la continuación que se llama “Cada siete olas”, aún no publicada.

            “Quiero confesarte que  hacía tiempo que no intercambiaba sentimientos con nadie con tanta intensidad como contigo. Yo soy la primera en asombrarme de que sea posible hacerlo de este modo. En los mensajes que te escribo puedo ser más que nunca la verdadera Emmi. En la “vida real”, si quieres que las cosas salgan bien, si quieres resistir, debes pactar continuamente con tu emotividad: ante TAL COSA no puedo reaccionar de forma exagerada, TAL OTRA tengo que aceptarla, respecto a TAL OTRA debo hacer la vista gorda. Uno adapta sus sentimientos al entorno sin  descanso, es indulgente con quienes ama, asume cientos de pequeños roles cotidianos, hace equilibrios, compensa, sopesa para no poner en peligro toda la estructura, pues uno mismo forma parte de ella.

  Contigo, querido Leo, no tengo miedo de ser tan espontánea como lo soy en lo más íntimo del alma.”


Giro de viento

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    Sólo los que vivimos en esta zona o los que hayan leído el libro "Los aires difíciles", pueden imaginar cuánto se agradece, cuando tras varios días de calor insoportable en que se llega a afectar a algo más que el carácter, por culpa del sofocante viento de levante, amanece un día como hoy, sonriente, para disfrutarlo, en el que el viento, educado y amable, gira a poniente.


Las vidas privadas de Pippa Lee

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    Pippa es una mujer de cincuenta años, casada con un importante editor de libros de ochenta años, con dos hijos ya mayores. Deciden retirarse a una sofisticada urbanización para la tercera edad. Lo que en principio parece el anuncio de una etapa de su vida tranquila y sosegada, desemboca en una serie de problemas para Pippa: le dan ataques de sonambulismo y, sin saber como, vuelve a fumar. 

     Ella va rememorando trozos de su ajetreada historia, su peculiar relación con su madre y las personajes y situaciones en las que se vio envuelta desde que se escapó de casa con diecisiete años. Esta historia parece decirnos que mientras haya un soplo de vida, no se llega a ninguna estación término, sino que continuamente el viaje y la aventura pueden dar comienzo.

    Novela escrita por Rebecca Miller, que también ha dirigido la película que recientemente se estrenó. Una prosa fácil de leer y que, en ocasiones, me ha parecido original.

"Me volví hacia él y me pregunté que tal besaría. Estaba claro que también él se preguntaba algo por el estilo. Pero me sorprendí a mí misma disculpándome y alejándome en mitad de la conversación. Lo cierto era, pensé mientras deambulaba por aquella casa, mirando el cielo nocturno salpicado de estrellas a través del enorme techo de cristal, lo cierto era que yo no quería tener nada que ver con nadie ni con nada."


Vuelta al trabajo

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       Tal día como hoy, llegó lo que hace tiempo esperaba: se acabaron las vacaciones. A eso estoy hecho, ocurre todos los años, y a base de tanto repetirlo uno se acaba acostumbrando y pareciéndole extraña esa “depresión postvacacional” que da tanto tema en las páginas solitarias de revistas y periódicos veraniegos. A lo que estoy menos acostumbrado es a lo de esta mañana, entrar en mi oficina acompañado de un silencio sepulcral, algo así al que debe haber tras estallar una bomba de neutrones. Aquello estaba desierto, lo que significa que para que la oficina empezara a funcionar tuve que hacerlo todo: quitar el candado, abrir las puertas, encender las luces, cambiar sellos, conectar aparatos de aire acondicionado…afortunadamente hoy el papel higiénico del servicio estaba cambiado, algo me ahorré.

         No había nadie para decirme lo que había quedado pendiente del día anterior, mirando por las mesas descubrí papeles abandonados y otros que no sabía que pintaban por allí. Había algunas cosas que había que hacer y me indicaba mi compañera en un papel escrito a mano, que no tuve ni tiempo de pasar ante el traductor de Google. Mañana veremos si termino de entenderlo.

                  Afortunadamente las vacaciones no habían sido tan intensas como para olvidar la contraseña para entrar en el ordenador y ¡menos mal!, porque dadas las peculiaridades de mi habitáculo de trabajo, a pesar de que sólo tengo dos manos, tuve que trabajar esta mañana con tres ordenadores a la vez, cuatro impresoras encendidas y la fotocopiadora. Y quien mucho tiene poco abarca, de vez en cuando me saltaban los protectores de pantalla de uno u otro ordenador con lo cual después de la jornada de esta mañana no se me olvida la contraseña, tras haberla tenido que escribir unas veinticuatro veces.

                El teléfono no ha parado de sonar, pero la excusa de que estaba atendiendo al público, me permitía el no tener que cogerlo. Una de las que descolgué era una compañera de otro centro de trabajo que tenían que realizar un impreso y que por las vacaciones allí no había nadie que lo hiciera, que a ver se lo podía hacer yo y se lo mandaba por fax. Encontré el hueco y le resolví el problema a ella y al que tenía delante que, a esas horas, ya debía tener cara de impaciente. En fin, la mañana fluyó y aunque salí media hora más tarde de la cuenta, ya tengo organizado el trabajo de mañana.

                    El público bien y comprensivo ante mi cara de media vacaciones, hubo dos a los que tuve que gritarles bastante, pero porque tienen problema de sordera. Ante la ausencia de todo el mundo, al menos no pude quejarme a nadie de la idílica vida de las vacaciones, cuando no se madrugaba. Lo peor una mosca, grande y gorda que estuvo toda la mañana incordiándome y no tuve ni tiempo de saber si teníamos insecticida, espero que mañana empiece su turno de vacaciones…


Tocando música

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     Te acuerdas? Fue aquel día en el que nos citamos para pasear por el parque. Nos reencontramos después de mucho tiempo de anhelado contacto. Desenvolvimos, frente a frente, nuestros deseos y buscamos al otro en un intenso abrazo. Paladeé, con especial deleite, ese instante en el que mis manos recorrieron tu cuerpo, palpándote de arriba abajo, como queriendo asegurarme de que estabas a mi lado.

     Era un día de otoño, con olor a humedad y nuestros pasos, gozosamente al unísono, crepitaban las hojas secas. La luz del sol, pálidamente luminosa, arrancaba vivos y hermosos colores de las hojas que enjaezaban las ramas de los árboles.  Atraídos por el sonido de la música nos acercamos al templete, donde en aquel momento el director alzaba la batuta hacia el cielo para iniciar los primeros compases del Lago de los Cisnes.

    Nos sentamos en la hierba a escucharla, mientras tu mano agarraba mimosamente la mía.  Blancas y negras, redondas y corcheas, alternaban con armonía en aquella composición, cuando en un determinado momento tus dedos deslizándose por mi palma llegaron hasta mi muñeca y como si arrancaras el sonido de mis venas, me la acariciaste al ritmo de la música. Las yemas de tus dedos se deslizaban por la piel interior del brazo, unas veces como si rasgaran las cuerdas de una guitarra, otras como si taparan los agujeros de la flauta o estiraran las cuerdas de un violín. Tus dedos hacían que me fuera fundiendo contigo a través de la música. Y en el último compás, tras un golpe certero de la batuta, todos los instrumentos sonaron al unísono, mientras nuestras miradas se encontraron deseosas en el aire. Entonces, nuestros labios se encontraron, acomodándose en los del otro, hambrientos de la proximidad y de la humedad ajena. Tu sabor jugoso unido a ese aroma tuyo que siempre reconozco, aunque esté oculto en algún sitio perdido de mi memoria, me rodeó de maravillosos temblores que aún hoy, cuando lo recuerdo, hacen vibrar todo mi cuerpo.

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Mirando al suelo

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         Hay días, como hoy, en que prefiero caminar mirando al suelo, en el que piso, en lugar de mirar al frente, con la incertidumbre de hacia donde pisaré.

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La noche de los tiempos

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      No es habitual que me suceda, lo que me ha ocurrido con la última novela de Antonio Muñoz Molina: no he podido terminarla.

            Es la historia de un arquitecto Ignacio Abel teniendo como escenario su matrimonio y su relación con su amante en un fondo en el que aparece retratada el comienzo de la guerra civil y su influencia en los distintos personajes, unos de ficción y otros recreados desde la historia.

            Una novela extensa, casi mil páginas, en la que me ha resultado tan compleja su estructura que, tras casi trescientas páginas, he decidido no seguir con ella. Las continuas idas y venidas de la historia que narra, unidas a frases muy largas, ha hecho que mi atención anduviera a tropezones, hasta el punto de no sentirme a gusto con la lectura y no encontrar esa línea argumental que, al fin, arrastre mi atención. No puedo decir cómo es el desenlace, ni como continúa, simplemente que no he podido con ella o, mejor dicho, que ella ha podido conmigo.


Scarpetta

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           Una nueva novela de Patricia Cornwell, que constituye la número 16 de las que tiene como personaje principal a la forense Scarpetta, que esta vez además le da título a la aventura. La protagonista puso de moda en la literatura la patología forense, mucho antes de que nos enteráramos lo que era el CSI. Me ha gustado mucho la forma de elaborar esta trama y me ha reconciliado con la autora, sobre todo después de que en el último que leí no me quedé con buen sabor de boca. A los que somos seguidores de esta saga, ya nos resultan conocidos los personajes, y nos gusta, en una aventura tras otra, el volver a reencontrarnos con ellos y participar de una evolución que hace que siendo los mismos de hace unos años, se reconozca en ellos esa madurez o desilusión que va imponiéndoles el paso del tiempo.

            Ese retrato bien realizado de los personajes, donde tras tantos años son inevitables los roces y contactos frutos de su historia común,  junto con un buen argumento y aderezado por las nuevas tecnologías, hace que la historia atrape desde el principio. En este caso es una mujer que sufre de enanismo la que ha sido salvajemente asesinada. Sospechan de su novio, que también tiene enanismo, pero no tienen pruebas. Cuando lo van a interrogar, éste se niega a decir nada mientras no hable personalmente con Kay Scarpetta. La investigación la dirige la fiscal de Nueva York, Jaime Berger, que la  llama para el caso. Además de Scapetta, estará el policía Pete Marino, a quien una oscura historia le une, su sobrina Lucy y su marido Benton y la historia se complica cuando en la casa de enfrente se comete otro asesinato. La autora va incluyendo alternativamente distintas escenas, que complementándose atrapan la atención del lector que no “descansa” hasta llegar al punto final de la historia.


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