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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2010.

Mi bolígrafo negro

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        (Dibujo de elbúcaro)

A lo largo de nuestro camino diario por la vida, muchos objetos se van adhiriendo a él. Unos son frutos de un bonito recuerdo, lo guardamos en un cajón y cuando alguna vez lo tenemos entre las manos evocamos el aroma de ese recuerdo. Otros son frutos de la edad como las pastillas de la tensión, la funda de las gafas présbitas o esa cajita donde guardamos los últimos pelos que cayeron de nuestra cabeza. Al fin, otros están continuamente a nuestro lado, su uso forma parte de nuestra vida cotidiana y nos sentiríamos casi desnudos sin ellos.

            A mí me ocurre eso, entre otras cosas, con mi bolígrafo negro. Siempre me acompaña y se me hace imprescindible. A los trece años me gustó el contraste entre las tintas roja y negra en los apuntes de Física y Química y desde entonces dejé de escribir con el color azul. Algunos años después empecé a dibujar y aquel bolígrafo se deslizaba por el papel blanco arrancando dibujos y caricaturas de cosas tan diferentes como mis amores o mis profesores. Muchos más años después la escritura me guiñó un ojo y desde entonces el bolígrafo negro también se dedica a ensartar frases y a aterrizar ideas y ficciones sobre esta nívea pista de aterrizaje que es el papel.

            Cuando estoy en algún lugar esperando, nunca me aburro. Saco ese bolígrafo del bolsillo y buscando cualquier papel a mano, dibujo monigotes o escribo esas palabras que  tal vez sean el germen de la que pueden ser mi gran obra literaria.


La cima

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           Recuerdo una vez, hace más de treinta años en que estuve durante una semana en una casa de un lugar perdido de la provincia de Teruel. Tenía un rato libre antes de la cena y me fui a pasear llevando en mis manos una flauta dulce de madera que me habían regalado meses antes y me introduje entre los árboles hacia un pequeño cerro solitario desde el que podía contemplar el sol declinando y un paisaje vestido con los primeros colores del otoño. Vivía unos días de confusos silencios, en los que ahondaba un cierto temor debido a que estaba tomando  decisiones que repercutirían en mi vida futura. 

            Y de pronto, bañado por la luz de aquel atardecer me sentí muy a gusto. Saboreé la sinfonía de colores que se proyectaba frente a mí. Por un instante mi mente se detuvo, sacudió sus preocupaciones, sus nostalgias que eran muchas y los miedos al futuro que eran todavía más.  Todo mi cuerpo disfrutó de aquel instante, la liviandad de la brisa y el silencio sólo roto por el gorjeo de los pájaros me ayudaron a ello. Entonces fue cuando subiendo la flauta a mis labios y soplando a través de ella, toqué una canción durante un largo rato, mientras me despedí del sol…




Meciendo

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     Hay cuadros, como éste del pintor Ahumada, que al contemplarlos, nuestra mirada se deja mecer por el sosiego y la luz que emanan, de la misma manera que esa barca de pescadores baila suavemente sobre las aguas del río Guadalquivir, frente al Coto de Doñana.

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La fiesta del chivo

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       Un libro escrito en el año 2000 por el reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas llosa, y que hacía tiempo tenía ganas de leer. Nos cuenta la historia del dictador dominicano Leónidas Trujillo que gobernó con mano férrea y caprichosa, desde 1930 a 1961, la República Dominicana, hasta su asesinato por un grupo de opositores al régimen.

            La novela nos presenta a Urania una mujer soltera de 49 años que vuelve a su país, tras muchos años en Estados Unidos donde ha llegado a ser una importante abogada. Vuelve a Santo Domingo después de 35 años en que se ausentó y va a ver a su padre que ya no la reconoce y a aquellos lugares tan conocidos de su infancia en los que guarda un doloroso secreto.

        Por otro lado se nos presenta al dictador con sus caprichos y ese dominio absoluto que tuvo sobre la gente, que se jugaban la vida si se oponían a él, y todo el país. Aparecen toda una serie de personajes y personajillos históricos en torno a él y que se esfuerzan con sus actitudes serviles en caerle bien.

            Y en un tercer hilo narrativo salen aquellos que ya no aguantaron más y decidieron acabar con la vida del dictador, apareciendo sus historias, lo que les ha llevado a esta situación y la preparación instantes antes de matarlo. 

            Estas historias se van entrecruzando hábilmente, pasando de una a otra sin sobresaltos y haciendo que antes de pasar a la siguiente nos quedemos con las ganas de saber qué ocurrirá. Es imposible no tomarle cariño al personaje de Urania, en este fresco histórico un personaje de ficción, que se mueve en contradicciones, dolores y nostalgias y en que finalmente se nos revelará la razón de todo ello.

          Un escritor que hoy está de plena actualidad y que ayer leyó un discurso en Estocolmo que me parece digno de leer. Me han gustado muchas de sus ideas, pero he entresacado dos de ellas: 

“La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.” 

“Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.”

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Aromas de ausencia

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            Hay aromas de ausencia en la estación de autobuses, de algunos encuentros pero muchos más adioses, de rincones imbuidos de promesas incumplidas, de efluvios disueltos en el aire, de abrazos que quieren impregnarse del otro y de besos tan apasionados como desesperados.

            Figuras ociosas sobre los sillones de espera, que distraen sus miradas entre el reloj y la nada, acompañadas de maletas y bolsas de distintos formas y colores. Cuando el autobús llega atrae bullicio a su alrededor. Los escalones de la puerta soportan los pies que reviven tras horas estáticos. Los maleteros se abren, las bolsas salen del maletero arrastradas por brazos que van desarrugándose tras tantos kilómetros. Otras entran amontonadas y empujadas hacia dentro como si alimentaran las tripas del autobús.

            Rostros que llegan con cara de no querer haber venido y otros en los que se dibuja la alegría producida por quien les espera. Primeros holas y últimos besos, la puerta cierra y algunos miran hacia fuera como si los hubieran hecho prisioneros. Siempre sale marcha atrás y en pocos minutos aquel andén se tornará tan solitario como un cementerio de madrugada. Una última mirada, antes de que desaparezca de mi vista y por primera vez he aprendido a odiar a un número: al cinco. Es el único número que me ha dado tiempo a ver en la matrícula de ese autobús en que te has marchado de mi lado…

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Shangri-la. La cruz bajo la Antártida

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         Esta novela fue premio de novela histórica Alfonso X el sabio del 2008. Nos cuenta una intrigante historia en la que un biólogo noruego, único superviviente de una expedición científica a la Atlántida, contacta con un periodista alemán para enviarle un sorprendente dato que variará la historia del siglo XX, Hitler no murió en Berlín en 1945, lo que sería el comentario de un fantasioso empieza a cobrar forma con una foto en la que se demuestra.

        Los miembros de una sociedad secreta nazi, se preocupan, incluso recurriendo al asesinato, de que esta noticia no se haga pública, pues hay muchos intereses por medio. El biólogo huye de ellos y en su huida arrastra a una famosa violinista de la orquesta de Berlín, que nunca se separa de su Stradivarius. Ellos dos y el periodista tendrán que viajar por distintas partes de Europa, poniendo en serio peligro su vida, ya que esos nazis no pararán hasta que hayan asesinado a todos los que puedan conocer esa noticia y poner en peligro su propia existencia.


Cada siete olas

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        Es imposible a todo aquel que disfrutó con “Contra el viento del norte”, no quedar atrapado por su continuación en este libro. El primer libro nos dejó con la miel en los labios, sobre si Emi y Leo terminarían teniendo un encuentro real, tras aquella intensa relación que, empezada por una casualidad del destino, desarrollaron simplemente a través de sus mutuas letras.

      Este libro está escrito de la misma original manera que el anterior, emails, sólo y exclusivamente, nada de narradores o monólogos. Sólo se intercambian correos electrónicos. El lenguaje es ágil y fresco y no se echa de menos otro tipo de narración, ya que mediante este intercambio de opiniones el autor nos va reflejando muy bien la  evolución, cargada de dudas, incertidumbres y contradicciones, de los protagonistas. No es difícil imaginarse situaciones muy parecidas en este siglo XXI, porque sólo cambia la forma de expresarse, pero  en el fondo trata de un tema universal de una relación amorosa, más o menos peculiar entre un hombre y una mujer.

“Pienso en ti cuando me place, siempre que me dé la gana y como me dé la gana. Nada me lo impide, nadie me detiene. ¿Sabes el alivio que es eso? Nuestro encuentro de ayer fue para mí como un salto cuántico. Logré verte como si existieras sólo para mí, como si hubieses creado sólo para mí..."

En cuanto al título: “Sí, aquí cuentan la historia de la indómita séptima ola. Las primeras seis son previsibles y equilibradas. Se condicionan unas a otras, se basan unas en otras, no deparan sorpresas. Mantienen la continuidad. Seis intentos, por más diferentes que parezcan vistos de lejos, seis intentos…y siempre el mismo destino.

Pero ¡cuidado con la séptima ola! La séptima es imprevisible.”


Correo no electrónico

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        Hubo una época, no muy lejana, en que las letras que se intercambiaban entre dos personas carecían de esas urgencias y prisas que hoy las caracteriza. Aquellas letras tenían un valor que hoy no imaginamos, porque estaban más artesanamente elaboradas y por ello eran más escasas. A la primigenia decisión de escribir seguía un largo y complejo ritual. Había que sentarse frente al papel en blanco, mejor uno satinado que ayudara a deslizar el instrumento usado para escribir. El instrumento…generalmente yo usaba mi bolígrafo negro, aunque otras veces me gustaba escribir con pluma. Esa punta estilizada que, antes de que aparecieran con recambios, había que rellenarlas, aprovechando la hidrostática y el teorema de Bernouilli, directamente desde el tintero, escapándose siempre alguna mancha de tinta en el papel o por sus alrededores y que muchas veces se escapaba de las manos cayendo de punta al suelo y volviéndose inservible.

     Ya preparado y buscado un rincón y un momento tranquilo era cuando fluían instantáneamente las ideas desde la cabeza y el corazón al mismo tiempo y llegaban a la punta del bolígrafo para plasmarse en ordenadas, que no siempre rectas, líneas sobre el papel. Y mientras las palabras fluyen  los ojos se iluminan o  se enturbian y los labios se sonríen o fruncen. El tiempo huye, hasta que en un determinado momento se ponía el punto y final, tras una estudiada despedida (pongo besos, todo mi cariño, un fuerte abrazo o un simple saludo?), se rubricaba abajo con una firma estudiada y en la que se quería concretar de florida manera, quien era el que había escrito aquella misiva.

      A continuación había que disponer de sobre, y tras varios dobleces conseguía colar todas mis ideas en su interior. El sobre había que acicalarlo con aquella dirección a la que quisiéramos volar en vez de nuestras letras y pegarle, de manera tan poco higiénica a como cerrábamos el sobre, encima un sello de un valor que equivaldría hoy a céntimos. El siguiente paso era llegarme al buzón de correo más cercano. Aún quedan algunos de color amarillo de los que entonces eran de un triste color gris. Yo prefería meterla en las fauces abiertas del león, que de manera fiera me miraba enganchado en la fachada del edificio de Correos. Debo confesar que siempre metía la mano con cierto reparo y miraba atrás, por si en una situación imposible aquel león hubiera vomitado mi carta hacia fuera.

         Siempre me quedaba la duda de si aquella carta llegaría o, más bien, se perdería en aquellos vaivenes apretada con otras cartas en aquellas sacas en las que viajaban y que con tan poca delicadeza se trataban para lo que llevaban en su interior. Y luego venía lo peor…la espera de la contestación en que, por medio de las letras ajenas, percibíamos como reaccionaba a nuestras palabras.  Esta espera era, en general, una verdadera agonía. Pasados los días en que calculaba que la carta podría tardar  en ir y volver, cada día acudía expectante al buzón de mi casa, cuando oía alejarse los pasos del cartero, en el que habitualmente solía encontrar sólo telarañas. Porque de las cartas que enviaba, la mayoría detenían su camino en las manos de a quien se dirigía, las menos con un ritual similar pero de sentido contrario volvían en forma de respuestas más o menos larga, hasta llegar a mis manos.

         Cuando me llegaba uno de estos sobres con mi nombre gratamente escrito, me iba a un rincón tranquilo, lo abría con sumo cuidado y liberaba aquella hoja de su encerramiento para abrirla a la contemplación de mi mirada y disfrutaba acariciando el papel con la yema de mis dedos. Teniendo en cuenta que tan pocas de aquellas cartas me llegaban, no es extraño que las conserve todavía con un valor sentimental al valor histórico de unos viejos papiros.

 


¡Bloglices Navidades!

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         Aunque los centros comerciales llevan varias semanas empeñados en convencernos de que ya era Navidad a principios de noviembre, este año con menos efectividad, hasta un día como hoy no podemos decir que la Navidad ya está aquí. En los distintos ámbitos en que nos movemos, de nuestra vida cotidiana, deseamos felicidad a aquellos con los que nos relacionamos, ¿cómo no hacerlo en este otro ámbito habitual que constituye la blogosfera?

         Así que:

-a los que soléis entrar a curiosear o dejaros envolver por estas letras y a los que nunca habéis entrado, pero ¡oh casualidad lo habéis hecho hoy!

-a los que alguna vez dejáis comentarios y a los que no se os ocurre

-a los que entráis googleando o porque alguien os lo ha dicho

-a los que os gustan mis letras y a los que os aburren

-a los que sois amig@s y a los que no sé quien sois

-a los que alguna esto nos sirvió para cruzar unas palabras y para los que al llegar al punto final esbozasteis una sonrisa

-a los que habéis rectificado mis fallos al escribir y a los que habéis saboreado estas letras

-a los que protagonizaron situaciones que me inspiraron y a los que protagonizaron esas otras que nunca se me hubiera ocurrido plasmarlas

-a los que vivís cerca y a los que vivís en otras latitudes

-al que me lee cada día y al que ya se hartó de leerme

-a los que mis letras le animaron a escribir las suyas y a los que alguna vez compartieron sus escritos conmigo

-a todos…

Os deseo ya que la felicidad es algo imposible y una aspiración continua, algo más tangible: que en estos días seáis capaces de saborear instantes de felicidad y sobre todos de ser capaces de contagiarlos a aquellos con los que nos relacionaremos y compartiremos esos ratos.


Día muy frío...

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...pero eso no impidió que el sol con su mejores pinturas llenara todo el ambiente de brillantes pinceladas.

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La casa del propósito especial

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     El afamado autor de "El niño con el pijama de rayas", nos narra aquí una interesante historia de amor que se desarrolla durante sesenta y cinco años. Georgi Danilovich Yáchmenev mientras acompaña a su esposa Zoya que agoniza, rememora su larga historia común que se inició en la corte del zar Nicolás II, poco antes de la revolución rusa y que se prolonga primero en Paris y luego en Londres donde él trabajó en la Biblioteca Británica hasta su jubilación.

Un argumento que atrapa al lector, donde se entremezclan perfectamente personajes históricos y de ficción y que nos acerca a la vida de estos personaje a los que les tocó vivir unas circunstancias muy convulsas. El autor maneja el tiempo con habilidad y va saltando del presente al pasado indistintamente hasta, al final, mostrarnos ese gran secreto que los protagonistas guardaban y siempre trataron de ocultar.


Persépolis

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      Un libro de comics digno de ser leído. Es la autobiografía de Marjane Satrapi, la autora de nacionalidad iraní. El libro comienza en 1979 cuando ella tiene diez años y es consciente desde su perspectiva infantil de los cambios que están sucediendo en su país. Ella nos va dando su peculiar perspectiva de lo que va ocurriendo a su alrededor. Posteriormente llega su adolescencia que coincide con la guerra entre Irak e Irán. La tercera parte de 1984 a 1989 su estancia en Austria donde la envían sus padres a estudiar. En la última parte nos narra su regreso a Teherán, sus estudios de Bellas Artes y su readaptación a las costumbres de su país tras sus años europeos.

Hace años que conocía este libro tras verlo en las librerías, pero, siendo como soy, amante de los comics, no me llamaba la atención ese tipo de dibujo tan "seco" a primera vista. Debo decir que en cuanto me he sumergido entre sus páginas ha cambiado mi opinión y me he quedado atrapado por las letras y los dibujos. Los dibujos son sencillos, a veces extremadamente simples, no hay tonos, simplemente contrastes entre blanco y negro, lo que los dota de una gran fuerza dramática y narrativa. La autora abre su vida a través de esta historia y expone sus opiniones, sin cortapisas, sobre la realidad que le rodea y sobre lo que ella siente. Escribe con naturalidad los sucesos, a veces con una cierta comicidad, pero no por ello dejamos de descubrir la extrema crudeza que subyace en muchos de ellos y en un tipo de vida que tan poco conocemos en Occidente. 


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