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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2010.

El aventurero de Dios

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            Voluminoso libro éste, sobre la vida de San Francisco Javier en el que  Pedro Miguel Lamet nos relata en forma de novela histórica y a través de los ojos de un imaginado judío converso, que le acompaña en sus viajes, la vida de este santo andariego, compañero de su congregación jesuita. Impresiona la fortaleza de este navarro que en su afán misionero, hay que tener en cuenta la precariedad de los medios de transporte del siglo XVI, partiendo de Lisboa llegó navegando hasta tierras de la India y Japón. Murió cuando estaba preparando su viaje a China y aún no había cumplido los cincuenta..

            Me ha parecido apasionante la historia y bien documentada, aunque quizás me ha costado encontrar la agilidad narrativa de otras obras de Lamet, probablemente porque en algunos momentos hay tal maremagnum de personajes, que se hace difícil el reconocerlos. Más interesante resulta la última parte con sus peripecias en Japón, tan diferente de Occidente y tan desconocido en aquella época por estos lares. Uno de cada tres días de su vida misionera estuvo embarcado.  Es difícil no dejar de admirarse por la vida de aquel hombre y aquellos duros viajes que realizó para extender el cristianismo.

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Entre dos luces

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       Cuando hago el camino cotidiano por las calles, en esas horas previas al amanecer, pienso que si no fuera por la luz, que desprenden los objetos, todo estaría oscuro y su existencia permanecería oculta a mi mirada. La luz nos descubre su fisonomía, sus rincones y permite a mis ojos posarse sobre ellos y reaccionar gustándolo o repeliéndolo. La influencia de la luz es fundamental, eso pensaba al ver esta casa que da a dos calles con distinto tipo de farola. En una de las calles la fachada con la luz blanca aparece moderna e incluso alegre. La otra amarillenta, nostálgica, somnolienta...como si se resistiera a despertar a la luz del amanecer. 

          Sólo unos minutos después la luz del sol invisibilizará la luminosidad de las farolas y uniformará esas dos fachadas, ahora tan diferentes, y al que pase por delante, yo mismo, no se le ocurrirá reflexionar sobre la diferencia de las dos luces.




Verde

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     Mi color preferido siempre ha sido el verde. Me parece un color elegante y tierno a la vez. Me gusta el verde que pende de las ramas de los árboles y ese otro verde que alfombrea los campos. Me gusta el agua de mar cuando verdea o esa luz del semáforo que sana la impaciencia dejando paso libre. Me producen cierta inquietud nerviosa la mirada de unos ojos verdes o imaginarme unos alienígenas de ese color. Me emboba el brillo de las esmeraldas, aunque sólo lo vi en foto y me asombra la variedad de verdes que salpican la naturaleza. 

      Con esas apetencias por el verde, ¿cómo no me iba a detener a fotografiar esos tiernos brotes verdes que surgen del tronco del árbol, dándole esa chispa alegre a su seriedad grisácea?


Las olas

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Esta mañana cuando paseaba por la orilla del mar,  contemplando los mil tonos de verdes que conformaban sus aguas y acompañado del leve rumor que producían al lamer la orilla, aquellas olas me recordaron a ti. Tampoco es extraño, porque cuando estoy a tu lado, por muy lejos que estemos de la costa, tu mirada viva siempre me recuerda a la dulzura espumosa de las olas del mar.


El buen alcalde

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      Tibo Krovic es el alcalde de la ciudad báltica, imaginaria, de Dot, un hombre afable, que se preocupa de los problemas de sus conciudadanos y está secretamente enamorado de Agathe Stopak,  su secretaria, una mujer casada de aspecto más que agradable. Lo que no sabe Tibo es la soledad que oculta en su interior Agathe. Las jornadas cotidianas en el ayuntamiento transcurren sosegadamente en ese mutuo trabajo en que los dos ocultan sus soledades y deseos. Hasta que un día en que el almuerzo de Agathe cae a una fuente y Tibo decide invitarla a almorzar...

        Un libro sumamente delicioso, escrito con un estilo vivo y cercano que recrean de maravilla el ambiente, entre onírico y encantador de la ciudad de Dot. En cuanto se entra en sus páginas uno no puede resistirse a la magia de lo narrado y a sentirse cautivado por estos personajes tan únicos y, a la vez, tan universales. La narradora no puede ser más original: santa Walpurnia, la virgen mártir barbuda, patrona de Dot que, como perspicaz observadora, nos va contando esta historia de magia y soledades. Quitando a los dos protagonistas, los demás personajes aparecen oportunamente, a modo de pinceladas, a veces revestidos de fantasía, completando la coreografía que nos presenta. Es imposible no sentir simpatía por Tibo, que en algún momento se duele de que todo el mundo lo considere como el "buen" alcalde y que con su proverbial prudencia logra exasperar a Agathe.

           "Me observa y ve a una ancianita enjuta. Una viejecilla. Y piensa: ¿qué sabrá esta viejecilla de camas que chirrían? Pues esta pobre vieja -se llevó la fotografía al corazón y la aferró con fuerza- sabe mucho de camas que chirrían, y más aún de amor. Está el amor y están las camas. El amor es bueno y las camas, son, son, son... ¡las camas son fantásticas! pero cuando se conjugan el amor y las camas -dio una palmadita a Agathe- es lo mejor. Eso ocurre cuando el bueno de Dios se escupe en los dedos y frota con ellos el fragmento de las ventanas que los ángeles han olvidado limpiar al tiempo que dice: "Mira aquí. Mira lo que te espera. ¡Esto es lo que voy a hacer por ti!"":

            "Todo lo que él fue capaz de darle a ella lo absorbió como una esponja que se ha dejado secar en la repisa del cuarto del baño durante todo un verano y que, cuando se sumerge de nuevo en el agua, lo empapa todo, se ablanda, se hincha y se embebe de hasta la última gota, para luego devolverlo todo, voluntariosa."

             Es la primera novela del escritor escocés Andrew Nicoll, publicada

en primicia por el Círculo de Lectores y que estará en las librería

a partir del diez de marzo.


Enamorado

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        Su aspecto era seco y taciturno, por fuera y por dentro, en ello influía, sin duda, que a pesar de haber entrado en la cuarentena, nunca había sido tocado por flecha alguna de Cupido. Las hojas del calendario caían siempre de idéntica manera haciendo que sus días, a lo largo del año, sólo se distinguieran unos de otros por la cantidad de ropa con la que se abrigaba. Pero hasta la piedra más seca es capaz de hacer florecer una minúscula semilla y así fue como una mañana, probablemente de primavera, nuestro protagonista se dio cuenta de que se había enamorado.

            Lo notó al mirarse al espejo, sus habituales arrugas le parecían tamizadas y la curvatura de sus labios en un gesto, casi olvidado, emitía una sonrisa. Mirose el interior y se dio cuenta, efectivamente, de que el amor había anidado con sutiles fuerzas en lo más profundo de su corazón.  Y ahora amanecía de distinta manera, cada día era como un pequeño milagro, cada gesto un deseo de compartir y no se dormía cada noche sin dar un intenso suspiro. Era consciente de que aquello que le pasaba, de que ese cariño que le brotaba de dentro por todos sus poros era lo más hermoso que nunca le había ocurrido.

     Acostumbrado a su vida gris, tanta felicidad le parecía imposible y a pesar de que la sociedad era ahora más permisiva, empezó a dudar si ese amor que sentía por él sería bien comprendido. Dudaba y se dolía con ello, de que cualquier tipo de amor pudiera tener criticas o siquiera límites. Decidió escribirle una carta en la que compartirle lo que sentía, cogió una hoja en blanco y solazó en ella sus sentimientos, hasta el punto de tener que secarla a la ventana, empapada por las lágrimas que derramó mientras escribía. Con paso, entre vacilante y saltarín, se dirigió al buzón de correos, por el que introdujo la carta que se deslizó despacio hacia el interior.

            Siguió viviendo, ahora, entre fantasías y realidad con cierta alegría reprimida. Esperando, sumido en incertidumbre, a un cartero que nunca llegaba. Al fin, un día, al abrir el buzón el corazón le dio un vuelco. Sacó agarrada entre sus dedos, de aquella estrechez oscura, la carta y nervioso rasgó aquel sobre del que salieron a ráfagas letras sentidas en una letra que bien conocía. Tras leerla, de sus ojos cayeron dos gruesos lagrimones mientras decidía que no le importaba que criticaran su enamoramiento… después de conocer tanta gente había concluido que no había nadie mejor ni más maravilloso, ni a quien pudiera conocer mejor, que sí mismo. Dejó su ropa cuidadosamente sobre la silla y acostándose en su cama, totalmente desnudo, se acurrucó feliz, sobre sí, y se quedó dulcemente dormido.

 


Diversidad

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      A pesar de estar ya en plena Cuaresma aquí seguimos con las fiestas de Carnaval. Están tan enraizadas que las distintas actividades (pregón, cabalgata, disfraces y cantos de agrupaciones en la calle), se desarrollan durante diez días. Sin contar el concurso de agrupaciones carnavalescas, que previamente se desarrolla durante varias semanas. Miles de personas de todos los lugares se desplazan a vivir estos días en la ciudad, que gira, a pesar de las fuertes lliuvias, en torno a esta fiesta.

       El Carnaval nació como una respuesta social a la Cuaresma que, por entonces, coloreaban en tonos cenicientos el ambiente, incluso, a nivel general. La gente buscaban una forma de "responder" a esos cuarenta días de vida sacrificada que casi se imponían. Hoy, en esta sociedad laica, ha perdido mucho de su sentido lo que no quita que haya gente que siga disfrutando de todo este entorno tan peculiar en que el disfraz, el convertirse en algo distinto a lo habitual es lo esencial.

         Yo puedo entender que haya gente que disfrute con ello, a pesar de las aglomeraciones bulliciosas, los atascos de tráfico, las ausencias de aparcamiento, los miles de kilos de basura por las calles, pero...que cuando me pregunten si me gusta y les diga que no, también respeten mi diversidad y no pongan cara de pena mientras dicen: Pero ¿es posible que no te guste el Carnaval?

Cada día me divierto menos, por no decir nada, en esos acontecimientos bulliciosos y masificados. Prefiero la diversión que supone un paseo entre los chopos de un río, un buen libro en que sumergirme, tumbarme en una terraza a la luz de la luna llena o compartir una conversación agradable al calor de una chimenea.


Shutter Island

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       No lo puedo remediar pero cada vez que veo a Leonardo di Caprio me dan la impresión de que acaba de salir del agua tras el naufragio del Titanic, eso pensé nada más verlo al comenzar la película. Esta sensación se me ratificó cuando en dos ocasiones, en la misma película, salió empapado del agua.

       La historia se desarrolla en 1954, con una escena inicial que encontré un tanto atropellada y en la que  Leonardo di Caprio, un agente judicial, a bordo de un barco se pone a hablar con su compañero de misión, al que acaba de conocer, y en pocos segundos le revela algunos de los "demonios" de su pasado que le acompañan. Se dirigen a Shutter Island, una isla muy peculiar, a lo que solo se puede acceder por el embarcadero y donde hay un siquiátrico para criminales. Van allí para investigar la desaparición de una asesina, que ha desaparecido de su celda sin dejar rastro.

           La película está distraída, debidamente aderezada por una machacona música que continuamente promete un susto y unas imágenes que claustrofóbicamente acompañan con temporales y vientos huracanados en un cielo que, permanentemente, está gris. El dispositivo de seguridad que rodea la isla, es tal que, agobia hasta a los propios agentes. Es una película donde continuamente "llueven" cosas, ya no sólo la lluvia, sino también la nieve, las ramas de los árboles, pétalos negros que caen en sueños y hojas de papel que surcan el aire.

             Los personajes, tanto los vivos como los muertos, actúan de manera extraña y chocante, en cuanto al responsable médico, interpretado por Ben Kingsley, cada vez que aparece, su rictus estático y su tono de voz, no dejan de trasmitirnos una cierta inquietud. Una historia bien urdida y sorprendente, donde nada parece ser lo que aparenta, lo que sin duda atrapa la atención de espectador y lo empuja a pestañear lo menos posible.


Desnudeces

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     Tras semanas en las que el cielo aparecía revestido de grises vestimentas de cuello alto, hoy durante unos minutos nos ha alegrado la vista, dejando al aire sus desnudeces con el deshilachado de las nubes.

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Invisible

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       Un joven poeta, Adam Walker, estudiante en 1967 en la universidad de Columbia, conoce a una pareja francesa muy seductora: Rudolf Born y Margot. A partir de ese encuentro, sus vidas se entrecruzan en variadas oscilaciones  unas placenteras y otras sumamente peligrosas, tanto en aquel lugar como en el lejano Paris, previo al mayo del 68.

            No es de las novelas que más me han gustado de Paul Auster. Sus personajes no se me han hecho atractivos, los encontré demasiado planos, y pululan por estas páginas envueltos en vidas grises, amores prohibidos o intuidas mentiras. La metaliteratura se entremezcla entre sus letras y aprovecha el autor para experimentar con cambios de narrador. 

              Aunque el libro me resulta distraído, al terminar de leerlo, sé que olvidaré pronto esta historia, no puedo dejar de preguntarme: ¿y qué?


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