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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2010.

Atardece

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   Hay veces en que, debido al resplandor del sol, no vemos lo que estamos fotografiando y pulso el objetivo al azar. Después, como en esta foto hecha esta tarde, no me disgusta el resultado obtenido. 

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Criadas y señoras

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      Primera y muy atractiva novela  de la escritora estadounidense Kathryn Stockett.  Nacida y criada en la ciudad de Jackson, en Misisipi, que es donde se desarrolla su novela a comienzos de los años sesenta.  A esta ciudad de fuertes prejuicios raciales en esta época es a donde vuelve la joven Skeeter, tras terminar su carrera universitaria. Otras dos mujeres, éstas de raza negra, constituyen el trío protagonista:  Aibileen es una criada negra que ha criado a diecisiete niños blancos y recientemente ha perdido a su único hijo, su mejor amiga es Minny otra criada, gran cocinera y que aguanta poco en sus empleos debido a su afilada lengua.

                Se nos presenta esta cerrada sociedad sureña, en el que hay tanta diferencia  de tratamiento entre blancos y negros, en una época en que surge un movimiento en todo el país contra la segregación racial, entre otras cosas la gran marcha sobre Washintong de Martin Luther King.  A Skeeter le encanta escribir y por medio de la escritura y con la ayuda de las dos criadas, hará algo que socavará los cimientos de aquella sociedad.

                Un libro que engancha, escrito en primera persona, cada capítulo en boca de una de sus tres protagonistas. La historia y los variados personajes se van trenzando hábilmente y el lector no puede menos que sentir simpatía y hacerse cómplice de las actividades de las tres. Tiene su punto de intriga y de afán de superación en medio de las dificultades.




La primera vez...

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…que monté en un avión fue cuando me subieron a uno, no precisamente por gusto,  para trasladarme a Canarias a hacer el servicio militar. La primera vez que navegué, me acordaba el otro día viendo una escena de una película, fue tras aprobar oposiciones e ir a tomar posesión mi primer destino.  Me enteré que había sido publicado en el BOE a través de una llamada de teléfono, en aquella época no se podía consultar por internet. Y así un cinco de julio, me vi navegando en un ferry en dirección a otro continente, tan cerca y tan lejos a la vez, con una bolsa grande en la que llevaba mis pertenencias. 

         El barco se deslizaba sobre las olas, con esa sensación de que cuando miras atrás empequeñece lo conocido y al mirar hacia delante cada vez se va acercando y haciendo más grande ese mundo desconocido en el que me iba a sumergir. Para acompañar aquella escena una gran tormenta, a pesar de estar en julio, me obligó a refugiarme bajo techo en aquellos sillones, frente aquel universo humano tan diferente al que yo conocía. Subí a un taxi y di la dirección de la oficina a la que me iba incorporar, mientras me sorprendí pensando cuando podría coger vacaciones. Al llegar allí todo me resultó extraño y ya no digo por los compañeros o el trabajo que no conocía, sino por el ambiente peculiar que aquella ciudad daba a todo lo que le rodeaba.  Busqué alojamiento en una pensión de aspecto dieciochochesco, donde en las advertencias previas me dijeron para que era el agua que llenaba la bañera: para lavarse o echar al retrete, ya que sólo se disponía de agua corriente en la ciudad de 8 de la mañana a 14,30 h. ¡Dónde había ido a parar…!

                Al día siguiente comentándolo con un compañero, me habló que se alojaba en casa de una señora que alquilaba habitaciones. Allí tenía la ventaja de que había depósito de agua en la azotea y agua corriente todo el día. Los alojados éramos cuatro, cada uno con nuestra habitación, que nuestra patrona aprovechándose de la dificultad de alquilar pisos, nos cobraba a precio de oro. E incluso aprovechaba, para ganar unas pesetas, cuando alguien se iba de fin de semana para re-alquilar la habitación. Todo un dineral que ganaba y que invertía con mala fortuna en sus partidas de bingo vespertinas.  Yo paraba bien poco en la casa y cuando lo hacía me encerraba con pestillo en el seguro refugio de mi habitación, porque cuando abría la puerta me podía encontrar con cualquier cosa. Como aquel día que me encontré con la figura sesentona de carnes ostentosas de mi patrona saliendo desnuda de la ducha o una noche en que me despertaron sus gritos cuando echaba a una prostituta de la  habitación de otro compañero, que no se enteró del asunto debido sueño profundo que le produjo la borrachera.

                En aquel castillo del terror aguanté durante un año y diez días, al menos todos los fines de semana huía de allí y los viernes hacía la navegación en sentido contrario aunque tuviera que volver el domingo por la noche, hasta que un concurso de traslados me hizo de manera definitiva regresar al viejo continente.  Ya hace casi veinticinco años de aquella postrera navegación de vuelta y nunca más he vuelto a navegar por aquellas aguas.


De paseo

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      Los que tenemos desde hace años la certeza arraigada de que no cumpliremos los cuarenta, y además no fumamos, en nuestras visitas al médico escuchamos irremisiblemente el consejo de que tenemos que pasear durante una hora al día. El caminar vale para casi todo: para el colesterol, la hipertensión, la salud cardiovascular, bajar peso, etc…

         Pero por ¿dónde pasear? No siempre hay lugares abiertos que solacen el espíritu y nos tenemos que conformar con el paseo urbano. Y hay sitios de la ciudad poco apetecible para hacerlo. Conocemos esos barrios donde distintos trapicheos no invitan a introducirnos por ellos y tampoco esos otros de grandes casas de retorcidas columnas, altas vallas y cámaras de vigilancia, donde las calles están vacías y sólo se circula en coche de alta gama. Al final decides pasear por el centro, donde todo el mundo pasea y de tanto tropezarte con gente conocida para charlar, el ejercicio se minimiza. Lo complicado, además, es encontrar esa hora al día a la que siempre ponemos la excusa de “actividades urgentes” u otra de índole climatológica, como que hace un frío que pela o un calor insoportable.

         Para incentivar el paseo he recurrido hasta a las nuevas tecnologías, con un programa en el móvil, que me dice el camino recorrido, los kilómetros andados y las calorías perdidas. Aunque todo tiene sus fallos, no sé cómo le he puesto una alerta que no sé cómo quitar y los viernes por la tarde exhausto por el cansancio de la semana, cuando intento descansar un rato, esa alarma a modo de conciencia electrónica me despierta y me dice que debo salir a pasear… Me doy la vuelta y sigo durmiendo…

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En la calle

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-¿Tú te crees que si yo pudiera pagar ese alquiler estaría aquí, en la calle, pasando tanto frío?

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Hay rincones

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...que deteniéndose unos instantes delante de ellos, parecen engalanarse con sus mejores luces cuando el sol se empieza  a despedir de ellos en esta tarde de Noviembre.

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La caída de los gigantes

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  Última novela del escritor galés Ken Follet. El autor con gran destreza nos sumerge en la historia de la primera guerra mundial, usando un gran elenco de personajes que van paseando por lugares diferentes. Nos retrata las minas galesas, la vida en Estados Unidos, la revolución rusa y distintos episodios que nos van retratando, haciendo que aprendamos historia, escenas variadas de la primera guerra mundial, con los juegos de poderes que la hicieron estallar. Un manejo asombroso de los personajes que se van entrecruzando y relacionándose unos con otros en todo este escenario.

    Son más de mil páginas, que no cansan sino que engachan. Es el primer tomo de una trilogía, que va a publicar este autor, y en el que se irán desarrollando aún más estos personajes y sus descendientes. El segundo tomo tratará sobre la segunda guerra mundial y el tercero sobre la guerra fría. Una manera amena de conocer la historia trepidante del siglo XX a través de una novela.


Aromas

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    Hay aromas más intensos en la colonia que falta en ese frasco, que se expandió y llega ya más allá de la imaginación, que en la que todavía queda estática en su fondo.

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El pincel de sombras

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             ¿Quíén ha dicho que el mundo de las sombras es un mundo oscuro? La oscuridad basa su existencia en el contraste con la luz. Y a veces, como en esta mañana, la luz se muestra  amable y artística actuando como un pincel de sombras.


¿Sabe usted?

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           Claro que me ve todas las tardes sentado en este banco. A esta hora echo un ratito aquí, viendo pasar a la gente.  Yo ya llevo viudo tres años y ¡qué insoportable se me hacía cada noche el meterme en unas sábanas solitarias! Pero un día estaba en una cafetería, cuando la vi sentada allí con una amiga. Yo la conocía desde que éramos muchachitos, ¡fíjese el tiempo que hará! Porque yo voy a cumplir ahora sesenta y nueve años. Pues como le decía, la vi en la cafetería sentada con su amiga, sabía que ella también estaba viuda y no sé cómo me atreví y le dije a ella: “¿Yo te gusto a ti?”. “Claro que sí, me contestó”. Y desde aquel día salimos juntos.

            El problema es que yo vivo con mi hija y mi nieto. Y es un tema que no puedo hablar con ella. Llevamos ya tiempo saliendo y ¿se cree que alguna vez mi hija me pregunta por ella? ¡Nunca! Todo lo contrario. Me dice que ni se me ocurra llevarla a casa. ¿Sabe usted lo duro que es eso de no poder meterla ni en mi propia casa?

            Yo no me aburro, por la mañana temprano salgo a comprar el pan y los mandaítos que me encarga mi hija, luego me doy una vuelta y luego paro un rato en el bar a charlar con los amigos. Pero no me gusta ir mucho, porque entre una cosa y otra, nos invitamos unos a otros y llego a comer más que alegrote.  Después de comer me quedo dormido en el sofá y cuando me espabilo me vengo para la calle y es cuando, como le decía, me siento en este banco, para distraerme tomando el solito, hasta que atardece.

             A esa hora me voy despacito, para disfrutar más de la espera, a su barrio, donde sé que ella estará a la puerta de casa jugando a la lotería con las vecinas. Cuando termina ese ratito, algunas veces me hace una tortilla y ya me quedo a dormir en su casa muy a gustito. Sabe usted lo que llevo peor? Lo que ronca, parece que tiene una trompeta metida en la nariz. Yo le tengo dicho, que si cuando se despierta ve que me he ido a otro cuarto es que no podía dormir con sus ronquidos. Dicen que hay métodos para no roncar. Sabe usted…de alguno?

(Una historia real que el otro día me contaba Antonio, que no se resigna a dejar de seguir queriendo).


Entre los lomos

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      Siempre me recuerdo, desde que era un niño, con un libro entre las manos. Primero fueron los tebeos de todo tipo y luego Julio Verne, Karl May y la obra completa de Agatha Christie que me distrajo  durante el tedio de un verano adolescente. Este apego a los libros de lectura fue sustituido durante los años de universidad, por mi inclinación hacia los libros de estudios plagados de fórmulas y bastante escasos de letras, para dar paso posteriormente a otros libros, durante mi época de opositor, cargado de artículos legislativos.

            Posteriormente, ya más regalado de tiempo retorné a la lectura, primero con un acercamiento leve que fue incrementándose a medida que pasaba el tiempo. Llegado ese momento que la saturación de letras me obligó a soltarlas desde dentro de mi inspiración y a través de mis dedos. Hoy considero a las letras como unas viejas amigas que no sólo me entretienen, sino que me cuestionan y despiertan mis emociones. Actualmente siempre tengo algún libro entre manos y en ocasiones hasta dos o tres y el observar las tablas de mi librería cargada de libros de temas y tamaños variopintos, me hace sentirme en un ambiente acogedor. Hay momentos en que paso apresuradamente por su lado y al detener mi vista en los lomos, tan diferentes, de los libro es como si las horas que disfruté entre sus páginas aparecieran en un soplo como una caricia al espíritu y prometiéndome vividas y renovadas emociones si volviera a tomarlos entre mis manos.

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Clin-clin

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      El concierto asíncrono de las gotas de lluvia me despertó desde el otro lado del cristal. Me sentí a gusto, con mi cabeza apoyada en la almohada y no teniendo que levantarme para ir a trabajar. Y aquel traqueteo acuoso ayudó, durante un buen rato, a volar mi imaginación sobre esos paisajes oníricos en los que nos permitimos flotar sin necesidad de la gravedad que nos impone la cotidianeidad.

      Miré a la calle solitaria con la luz atenuada de la mañana y seguí con mi mirada el curso de las aguas desde las nubes negras hasta esos canales de agua que fluían arrebujados hacia los desagües. El viento azotaba a las palmeras, que permanecían estáticas en el suelo, pero cuyas ramas se doblaban semejando hacer reverencias sin orden. Un paraguas roto se veía especialmente solitario junto a una esquina. Me sentí a gusto no teniendo que salir a la calle y aquella oscuridad se transformó en pereza que se empeñaba en retornarme hacia la cama. Resistí la tentación y preferí sentarme junto a la ventana y mientras el clin-clin de las gotas en los cristales me acompañaba, me puse a escribir estas letras.

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El sillón de masajes

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       No era una hora muy adecuada para recibir visitas, me dije saltando de la cama, cuando, siendo domingo, el reloj no había dado aún las diez. Anudé de mala manera mi batín y con  los pelos enmarañados y ojos semiabiertos abrí la puerta con el gesto más adusto que pude poner.

            Pero no pude hablar ante la sinuosa figura que junto a mi puerta, me pedía perdón por la intromisión matinal en mi intimidad y que rápidamente me desarmó. Se llamaba Virginia y me contó esa historia, mil veces conocida, de la que se pasa toda la semana trabajando, incluso los domingos, para no vender ningún sillón de masajes, que es lo que vendía y en todo ese tiempo no había ganado un solo euro, ya que trabajaba a comisión.

          Tras aquella ráfaga de palabras no pude menos de tener conmiseración e invitarla a que, al menos, me contara las excelencias de aquel sillón, que pronto me enteré que tenía hasta doce velocidades y provocaba unas sensaciones tan útiles como necesarias para relajarse. Me gustó ver como su rostro se le iluminaba, era la primera vez que la escuchaban y podía desarrollar todo lo aprendido en aquel curso de ventas que tanto dinero le había costado.  Tan feliz se sintió que se avino a traer un sillón de que tenía en el depósito y en mi coche lo trajimos a mi casa, para poder experimentarlo. Me daba cuenta que cada vez se estaba haciendo más complicado el decir que no y más cuando manejado el mando a distancia con los dedos finos de Virginia, gusté los diferentes tipos de masaje que el sillón provocaba sobre mi espalda.

…..

            Cuando ya han pasado seis meses de aquel domingo, voy a decir en que quedó todo aquello, pues si sigue leyendo es que quiere satisfacer su curiosidad.  El sillón sigue en el rincón de mi salón donde lo depositamos. Fue el primer y último sillón que ha vendido Virginia en toda su vida laboral, porque después de esto dejó de trabajar. El sillón nunca lo he puesto a funcionar, y me mira sin ojos, porque cuando quiero un masaje…para eso tengo a mi lado a Virginia que tiene mucha más habilidad que cien sillones de masaje.

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