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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2010.

Evocación

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    Hay imágenes, como ésta tomada en una noche de este verano, que reflejando el sosiego y el silencio nocturno, es capaz de evocarme sensaciones de un momento mágico, alumbrado por la luz de la luna, y despertar hoy en mí todo un cúmulo de emociones.


La Biblioteca Nacional

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      Mi primer contacto con la Biblioteca Nacional fue al poco tiempo de llegar a Madrid, en 1984. Tuve varios días, antes de empezar a trabajar, para recorrer sus rincones con mirada curiosa y de paso que renové el DNI y saqué un pasaporte, que cuando me caducó sólo lo había usado para ir a Gibraltar, me saqué también el carnet de lector de la Biblioteca Nacional.

       Me impresionaba este enorme edificio del paseo de Recoletos, cuyas tripas estaban rellenas de libros de todas las épocas.   En un par de ocasiones disfruté de aquella sala de lectura silenciosa y penumbrosa con aquella lámpara individual que rodeaba de luz viva la mesa frente a la que me sentaba. Durante años  no volví, hasta que hace  unos años tuve la oportunidad de conocerla por dentro, de ver sus estanterías y de entender cómo funcionaba y, entonces, sí quedé totalmente admirado de la labor de esta institución.

       Aunque no ha sido hasta  hace unos días en que he descubierto otra de las tareas que desarrolla y que yo desconocía. Hace años, haciendo yo un peculiar estudio me enteré que en 1869 durante la inauguración de un famoso monumento se dijo un discurso que posteriormente fue publicado, pero por mucho que busqué no tuve forma de encontrar ninguna referencia a ese discurso, ni al libro donde se publicó. Consultando el catálogo de la Biblioteca Nacional  me enteré de que había un ejemplar de dicho libro, pero durante varios años no se me ocurrió como el poder acceder a él, hasta que me enteré que  a través de la página web se podía contactar con la Biblioteca y pedir una copia de ese libro. Me mandaron el presupuesto, hice un ingreso del importe y ya tengo en mis manos una copia de ese libro, del que llevaba tanto tiempo detrás. Es interesante la página y ver todos los servicios en línea que nos puede suministrar a los que somos amantes de los libros.




Bella malicia

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   Primera novela de la escritora australiana Rebecca James. Nos cuenta la historia de Katherine que huyendo de su hogar destrozado de Melbourne se va a estudiar a un instituto de Sidney. Atrás deja a sus padres sumidos por la pena de la muerte de su hermana menor, de la que en parte se siente culpable. Quiere pasar inadvertida, empezar de nuevo y es cuando conoce a Alice, una guapa y popular chica que se convertirá en su mejor amiga. Pero todo el mundo tiene sus secretos, incluso Alice y estos harán que sus vidas cambien.

    La trama está bien elaborada, incluso esos capítulos en que el tiempo se cruza con habilidad y sin desgarros de uno a otro. Aunque es entretenida, a mí no me ha gustado demasiado y, no sé por qué, en algún momento me ha recordado a una de esas películas que ponen en televisión en la tarde de los domingos.


Yo también estuve en la movida

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      Observo que algunos de los de mi generación se dedican a narrar con la perspectiva de haber formado parte de la movida madrileña, como un timbre de honor similar al que la generación anterior señalaba cuando decían que habían estado en Paris en mayo del 68. Pues no quiero ser menos y sí, yo también estuve en la movida madrileña ya que del 84 al 88 estuve viviendo en Madrid. Estuve en alguna actuación de la orquesta Mondragón, acudí alguna que otra vez al barrio de Malasaña y escuché hablar y acudí al entierro de Tierno Galván.

            Pero una cosa era eso y otra muy diferente la vida cotidiana, que tenía sus puntos de dureza pero que en esos años jóvenes no son difíciles de aguantar. Compartía piso con dos compañeros en el barrio de Salamanca, externamente una maravilla, pero dentro era otro cantar. Era un tercer piso sin ascensor al que se accedía a través de una vieja y oscura escalera pedregosa. El piso estaba reformado pero a nadie se le había ocurrido ponerle calefacción lo que en invierno hacía que no fuera necesario ni meter los alimentos en el frigorífico. No era extraño que en los días de invierno me fuera a pasear por Galerías Preciados, que estaba muy cerca o visitar las salas del museo del Prado, entonces era gratis, con tal de absorber un poco de calorías. El salón tenía un sofá que, gracias a la pared de atrás, impedía que la parte de atrás se fuera para abajo. Y la televisión en blanco y negro, sólo era capaz de sintonizar un canal, el día en que no había interferencias.        

            Los fines de semana era lo que pasaba más angustiosamente. Mis compañeros se iban a pasarlo a sus pueblos respectivos y  yo ni por dinero, ni por distancia, podía recorrer los 600 km que me separaban de mi casa, porque en aquellos trenes expresos de trayecto de doce horas, cuando llegaba ya me tenía que volver. Yo, aparte de trabajar, me dedicaba a opositar, con lo que me pasaba el día en total silencio y sumergido en apuntes y libros de legislación. Algunas tardes me iba a un cine estudio, que no estaba lejos, y donde por un precio económico llegaba a ver hasta tres películas seguidas. Lógicamente, después de 6 horas viendo películas salía de la sala con una sensación similar a la que debe experimentar un marciano que acaba de descender de un platillo volante tras un viaje interestelar. Luego paseaba por esas calles del barrio de Salamanca, atestadas a esas horas y siempre me sorprendía, mientras me fijaba en la cara de la gente, como cruzándome con tantas personas, muchas más de las que pudiera ver en mi ciudad, nunca me cruzaba con nadie conocido. El paseo vespertino acababa en un bar donde los sábados me regalaba una cerveza con una exquisita tortilla jamonera, hasta que un día aquel ritual se interrumpió porque los dueños cerraron el bar por culpa de un premio gordo de la lotería que les tocó. 

        No lejos, a media hora andando, había un VIPS, en aquella época algo novedoso y lo que era más novedoso era que llegándote el sábado a las doce de la noche por él, cosa que hacía porque no tenía nada mejor que hacer a aquellas horas, me llegaba a comprar EL PAÍS, del domingo. Cuando llegaba a casa, me acostaba y dejaba el periódico en la mesa de noche, así cuando amanecía el domingo leía las noticias en la cama como si el repartidor me las hubiera dejado aquella noche.

 


Cómo escribir sobre una lectura

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    Este libro de Carme Lafont forma parte de una serie de manuales prácticos para ayuda de los que quieren aprender el oficio de escribir. Un libro que en pocas páginas, no llegan a cien, quiere dar al lector unas pautas para que el que lector comunique por escrito aquello que ha leído.

     Las ideas aparecen esquematizadas y concretas y ello lo hace sencillo de leer. Pone algunos ejemplos sin perderse en largas disquisiciones.

"Cuando leemos con atención una obra literaria solemos emitir un juicio, una opinión, sobre la misma. Para que esa valoración sea lo más completa y lo más justa posible, debemos conjugar los elementos subjetivos con los objetivos, es decir, canalizar nuestra subjetividad, nuestras impresiones, nuestros gustos y opiniones de esa obra cotejándolas con los elementos más objetivos, es decir, objetos, situaciones, experiencias, nacionalidad, otras obras literarias, referentes culturales o corrientes teóricas".

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De trenes

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            En la casa de mi abuela había una azotea desde la que se veían los trenes. Todos los veranos se quedaba en ella un primo mío de Madrid, algo mayor que yo y, aquellos días, me iba a comer allí con él. Desde mi óptica sureña de provincias, mi primo me resultaba alguien peculiar. Primeramente su forma de hablar, saturada de eses sibilantes, que yo no comprendía de dónde había surgido siendo sus padres más sureños que yo. Luego su piel blanca, casi transparente, que sólo parecía colorearse algo en tonos rojizos en aquellos días que pasaba por aquí. Pero lo que más me sorprendió, nunca lo había visto a nadie y me pareció sumamente original e incómodo fue el día en que llegó a la playa con unos calcetines puestos bajo su pantalón corto.

            Me hablaba de Madrid y de tantas cosas diferentes que cabían en una ciudad que yo imaginaba grande, tenía que ser como Nueva York, porque había hasta un par de rascacielos. La gran diferencia que suponian tres años de diferencia en aquella época, me hacía mirarlo con cierto respeto cuando me hablaba de asignaturas extrañas que había estudiado en su colegio, como la Física o me hablaba de que en un futuro quería ser ingeniero del ferrocarril, cosa que yo no sabía que existía. En los trenes sólo sabía de la existencia del maquinista y del revisor que siempre solía ser un tipo seco y con cara de malas pulgas.

            Y es que su gran afición eran los trenes. Le encantaban. Se conocía de memoria el museo del Ferrocarril de Madrid y nunca olvidó aquel domingo en que su padre lo llevó a conocer la estación de Chamartín, entonces toda una novedad en la capital. Esa afición le acompañaba en sus vacaciones y seguía hablando de ferrocarriles y vagones, asombrándose como el tren rápido en el que había venido desde Madrid hasta Córdoba había venido tirado por locomotora eléctrica y, sin embargo, el resto del camino hasta aquí abajo que es donde se detenía del todo, con la clásica locomotora verde de rayas amarillas de gasoil.

            No había muchos trenes en aquella época, pero poco antes de las tres salía de la estación aquel talgo metalizado con rayas rojas que tardaba ocho horas en hacer el trayecto de Madrid. Mi primo miraba el reloj, está a punto de salir, me decía, dejábamos el filete con patatas que se enfriara sobre la mesa y corríamos a la azotea, donde apoyados en el pretil veíamos aquella ristra de vagones imponentes cogiendo velocidad y soñábamos con el día que viajaríamos en él.

            Años después en un viaje de sur al norte, pero en coche, mi primo y mis tíos fallecieron en un accidente, ya nadie me habló de trenes. Y con el tiempo aquel clásico Talgo fue sustituido por el Altaria y éste a su vez por el Alvia. Nunca más volví a subir a aquella azotea, de todas formas hoy sería imposible el ver ningún tren, porque desde la estación hasta allí, al haber soterrado las vías, circula bajo el suelo como si temiera salir al aire libre hasta que no está marcadamente veloz. Eso sí, al igual que me decía mi primo que había en Madrid, hoy desde aquella azotea se puede ver el Corte Inglés.


Habrá un día...

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      Hubo un tiempo, muy distinto al de ahora, en que las cosas hoy habituales eran muy extrañas e incluso impensables, por ejemplo la democracia. En aquella época llegamos a pensar que era imprescindible cambiar el mundo en que vivíamos e incluso, con mayor o menor acierto y en la medida que pudimos, arrimamos nuestro hombro a ello. Aquella labor fue lenta y, en ocasiones, ardua. Muchos desaparecieron en aquel camino pero sobre todo y, eso fue lo más doloroso, se aniquilaron muchas ilusiones. Algo fundamental en aquellos años fue el estímulo de la música que ponía los cantautores.

            Entre aquellas voces siempre me gustaron la de este aragonés, músico, escritor, catedrático e que incluso llegó a ser político, que con aquellas canciones entonadas con aquella voz grave y profunda a la par que intensa en más de una ocasión logró emocionarme. En muchos actos, religiosos, sociales o políticos al final, a modo de himno, se entonaba la más famosa de sus canciones, el Canto a la libertad, todos de la mano y moviéndose al son de la música. Una canción que con el paso de los años suena siempre nueva, a pesar de que las circunstancias nos hagan preguntarnos más de una vez, si en muchas cosas no nos habremos equivocado.

            Cuando suena eso de “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”, nuestro ánimo se sigue sintiendo esperanzado. Especialmente siempre me ha gustado esa parte que dice “tal vez será posible que esa hermosa mañana ni tú, ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser”. ¡Qué mejor herencia para nuestros hijos!

            Para muchos de mi generación la figura de este cantautor nos dice mucho, aunque otros más jóvenes sólo lo recordarán por aquellos paseos que daba en televisión por los caminos de España con su mochila al hombro. Descanse en paz José Antonio Labordeta, tus canciones seguirán sonando…


Cuentos

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     Hay historias que cargadas de ingenuidad, parecen invitar al lector de cualquier edad, pero de sus letras se pueden aprender y ahondar en una profundidad que va más allá de las líneas, como le pasa a estos cuentos de Jose Luis Martín Descalzo (1930-1991). Una antología de diecinueve cuentos muy agradables de leer y que cada vez que se termina uno invita a leer el siguiente. Tienen la intención de divertir y están escritos con un lenguaje sencillo, imaginativo, directo y ágil, concluyendo siempre en un sorprendente final, que nos deja un buen sabor de boca.

   Martin Descalzo fue un sacerdote, periodista y escritor. Entre sus obras hay novelas, teatro, poesías y ensayos. Las ideas expresadas en sus artículos, aún leídas hoy siguen resultando actuales.

"La mayor de las sorpresas de mi vida me la llevé el día en que descubrí que mi madre había sido niña antes de ser mi madre. Esa idea de que ella hubiera podido tener alguna vez cuatro o cinco años, era algo que trastornaba y me parecía uno de esos cuentos que les gusta contarnos a los mayores. Y, además, el día en que mi padre me enseñó una foto de mi madre de pequeñita, aún complicó más las cosas porque la idea de que ella y sus hermanas hubieran sido tan cursis como las mostraba la fotografía me gustaba todavía menos y casi hubiera preferido con mucho no saberlo" (De cuando mi madre se volvió niña)


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