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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2011.

Palabras dormidas

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   Ayer me tropecé por la calle con una antigua compañera de un taller literario, a quien no veía desde hacía varios años. Después de interesarnos por nuestras mutuas vidas, preguntamos al otro si seguía escribiendo. Ella me dijo que ya no escribía y a mí me resonó extraño, que alguien con quien compartía el interés por las letras, se le hubieran deshinchado de tal manera.

   Yo le dije que seguía escribiendo y por un instante me sentí triste de pensar que podía dejar de hacerlo. La compañía de las letras durante tantos años ha hecho que se me conviertan en indispensables. Es como si ellas hubieran tomado aspecto humano. Y así, las palabras se desperezan dentro de mí, toman mil formas inimaginables, me narran historias y dan cuerpo a mi imaginación. Me hablan silenciosamente,me seducen y me atraen irremisiblemente. Y cuando en alguna época piensan que me olvido de ellas sus celos me oprimen y me obligan a acercame a ellas, para curarlas, desparramándolas mimosa y ordenadamente sobre el papel en blanco.


Las ruinas del amor

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       La ruptura de un matrimonio supone siempre una crisis en los miembros de la pareja, que les zarandea hasta en lo más profundo, pero a pesar de intuir eso Ela toma la decisión de separarse de su marido Amnón.  Así comienza esta historia escrita por la autora hebrea, con un nombre de complicada pronunciación, Tsruyá  Shalev.  Traducida del hebreo por Ana María Bejarano, consigue dotar al lenguaje de la protagonista de una capacidad absorbente que va envolviendo y arrastrando en su lectura.

       Ela está totalmente decidida a separarse, prefiere vivir sola que vivir en esa soledad acompañada en la que ella siente que se ha convertido su vida, aunque pronto se dará cuenta de que no es tan sencillo como creía.  Un hijo de seis años les une y eso complicará su decisión en muchos aspectos. La gente de su alrededor no comprenden su decisión y harán lo posible para que rectifique, pero ella lo tiene muy claro…o al menos eso es lo que pensaba, porque pronto se dará cuenta que hasta ideas que tenía muy clara se confunden y su decisión camina hacia delante y hacia atrás contagiada por las circunstancias externas y por la lucha interior que va viviendo.

      Escrita en primera persona, con frases largas cuya extensión se hace necesaria para que no se pierda la lluvia constante de sus pensamientos, podemos atisbar en lo más profundo de Ela, nos solidarizamos con sus dudas y preocupaciones que son universales y al final concluimos que en ninguno de los posibles caminos encontramos las decisivas respuestas para nuestra felicidad.

     “Pues imagínate que te estoy besando, dice, ¿podrás?, mira el poder que llega a tener lo que no se produce, y yo me sorprendo, ¿pero por qué me lo tengo que imaginar si estás aquí a mi lado?, y dice, porque yo así lo quiero, de manera que cierro los ojos, el dedo de él resbala por mis labios, con restos de la dulce bebida, lo mismo que se humedecen con vino los labios del bebé en el momento de la circuncisión, y cuando intento acariciarle la cara él me toma las manos y me las pone en el sofá, despacio, susurra, tenemos muchísimo tiempo, más de lo que crees, me gusta hacerlo todo a mi manera, no siguiendo una receta, ¿lo recuerdas?, sus labios se acercan a los míos, revolotean por encima de ellos para enseguida apartarse dejándome en una dulce tensión, mis manos apresadas en su mano en un gesto de renuncia asombroso, ¿por qué lo estará retrasando tanto?, ya no somos unos niños, con la de veces que habremos besado y que habremos sido besados, pero de pronto parece que así es como debe ser exactamente como en este momento, porque nos hemos precipitado demasiado en la vida dejándonos llevar por el deseo para apagarlo con jadeos demasiado vulgares, así que cuando al fín posa sus labios sobre los míos me parece que nunca antes he sido besada, porque es como si mis labios me hubieran sido arrancados de la cara y ahora fueran un miembro suyo más, no soy yo la que los mueve sino un mecanismo ajeno que no se encuentra bajo mi mando”.

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Seda

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      Acabo de leer esta historia, entre novela y cuento, que se saborea en no mucho tiempo. Es original, cada párrafo es un capítulo, lo que hace que alguno sea más de diez líneas. Nos narra las aventuras de Hervé Joncour, que como dice en el primer capítulo: compraba y vendía gusanos de seda. Hace un viaje a Japón para traer huevos de gusanos de seda y se encandila con una joven. Vuelve y no olvida. Los viajes se repiten, aunque a pesar de los muchos kilómetros que recorre los resuelve escuetamente, hasta cuatro veces. El último en circunstancias trágicas. 

    La historia se narra simplemente a base de leves pinceladas, no llega mucho más allá de las líneas, no entra a retratar a los personajes, ni siquiera habla de cómo se fabrica la seda y es el lector en que algunos momentos debe imaginar. Se lee fácil y hace pasar un buen rato.

     "Baldabiou conocía todas esas historias. Sobre todo conocía una leyenda que se oía repetidas veces entre quienes habían estado tan lejos. Decía que en aquellas islas se producía la seda más bella del mundo. Lo hacían desde hacía más de mil años, según ritos y secretos que habían alcanzado una mística exactitud. Lo que Baldabiou pensaba es que no se trataba de una leyenda, sino de la pura y simple verdad. Una vez había tenido entre sus dedos un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener la nada entre los dedos".


Histórico

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     A veces, basta con abrir un armario para darse cuenta de que lo era un simple bote de lavavajillas se ha convertido ya en un objeto histórico.


Seleccionado

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         Una sorpresiva llamada de teléfono, que supuse que sería  de una compañía de telecomunicaciones para ofrecerme alguna oferta, me dijo que yo era uno de los seleccionados. No comprendí muy bien de lo que me hablaba, aunque de entrada eso de ser “escogido” entre miles de personas sonaba bien. No se preocupe, me dijo que ya le llegará una carta a casa explicándole todo.

        A los pocos días me  llegó la carta de que estaba seleccionado para el proyecto Eles, que se trata de un estudio longitudinal sobre cómo envejecemos los españoles, a través de un cuestionario y unas pruebas médicas…  Y es que ya uno va alcanzando unas edades que cualquier selección, en principio, debe resultar algo sospechosa. 


Inés y la alegría

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         Última novela escrita por Almudena Grandes. Un libro voluminoso de algo más de 700 paginas, como acostumbra a escribir esta autora. Para saber de qué trata, mejor citar las propias palabras de la autora:

“Inés y la alegría cuenta la historia de la invasión del valle de Arán, una operación militar desconocida por la inmensa mayoría de los españoles que tuvo lugar entre el 19 y 27 de octubre de 1944”. Señala además que es una obra de ficción inserta en la crónica de un acontecimiento histórico real, siendo la primera novela de una serie de seis de “Episodios de una guerra interminable” relacionando con el título de los episodios nacionales de Galdós.

             Muy diferentes de las dos anteriores que leí: El corazón helado y Los aires difíciles. Ésta me ha decepcionado y aburrido en algunos momentos, sobre todo en esos capítulos donde se pierde la trama novelesca y se insiste en el aspecto histórico que rodean a Inés y al resto de los personajes que se vieron inmersos en aquella frustrada invasión, lo que hace que pierda agilidad argumental.  No es una novela policíaca por lo que aconsejaría empezar a leerla por el “final”, por esa nota de varias páginas que escribe la autora al concluir y donde se señala, entre otras cosas, lo que hay de real y ficción en la novela y cómo distinguir los capítulos que son de una y otra cosa. De todas formas seguiré atento a las novelas de esta escritora, porque me sigue pareciendo admirable su forma de escribir.

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Nadie te encontrará

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Annie O'Sullivan es una agente inmobiliaria que poco antes de que termine su jornada enseña una vivienda a un posible comprador, sin imaginarse que tras aquella sonrisa se esconde un verdadero sicópata. Es secuestrada y llevada a una cabaña del bosque, donde tendrá que aprender a sobrevivir cada hora del día y de la noche con aquel peligroso y maniático individuo durante casi todo un año.

Una vez libre y de vuelta a su casa, descubrirá que toda aquella experiencia le ha dejado una profunda huella, en sus relaciones con los demás y en su forma de ser. Ya nada será igual. Los capítulos narrados en primera persona por Annie, nos van narrando sus charlas con una sicóloga. A través de estas charlas vamos recomponiendo su terrible historia, que frente a lo que ella pensaba no ha terminado del todo.

         Un relato escrito por la escritora canadiense Chevy Stevens, que va haciéndose a medida que avanza con la atención del lector y que cuesta abandonarlo y tomarse un respiro en sus últimas páginas. 

 


Reencuentro con las aulas

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          Durante mi vida universitaria siempre me imaginé ejerciendo la actividad docente. Y en ella fue donde inicié mi actividad laboral y permanecí cinco años. Era un trabajo para el que me consideraba preparado y en el que disfrutaba.  Pero mis circunstancias personales me empujaron a realizar unas oposiciones para la Administración, con lo que cambié radicalmente de tipo de trabajo. No sin cierta pena dejé la docencia y al nuevo trabajo tardé varios años en encontrarle su lado positivo,  acompañándome una nostalgia por aquello que había dejado, que tardó tiempo en difuminarse.

         Esta semana, por motivos de mi trabajo, he vuelto a reencontrarme con las aulas de un instituto, al tener que impartir a aquellos jóvenes un curso, muy diferente a aquellas fórmulas matemáticas que yo les enseñaba hace veinticinco años. No tuve mucho tiempo para darme cuenta de la evolución de los alumnos desde entonces a ahora, pero sí en lo diferente que son los medios  de que ahora se disponen, para impartir una clase. En aquellos años de mitad de los 80 me bastaba para explicar la tiza y la pizarra. Ahora fue necesario una presentación en Power Point, que no me permitía alejarme del ratón, ni modificar lo que ya estaba hecho.  Me gustó la experiencia, pero concluí que a pesar del actual avance tecnológico yo prefiero, a la hora de impartir la clase, esa blanca y polvorienta tiza con la que lograba dar vida a la oscuridad de la pizarra.


Viaje sin destino

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      Llevaba mucho tiempo preparando este viaje.  Soñé muchas veces, despierto y dormido, cómo efectuarlo. Dejaría el seguro refugio en el que había posado mis pies hasta entonces para emprender una verdadera aventura, resignándome a ir en solitario. Al fin, me desprendí de todos mis lastres y resolví emprenderlo.  No tenía que preparar ningún equipaje, simplemente decidirme. El día antes, precisamente, empezó a dolerme mucho la cabeza. Eso no podía ser un obstáculo. Después no recuerdo nada, sólo que cuando desperté llevaba puesta una camisa que impedía el movimiento de mis brazos.  Se había iniciado mi viaje hacia la locura…


Nuevas tecnologías

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   Llego el lunes a la oficina y me meto a trabajar a mi despacho. Enseguida mi compañero, que ha estado dos semanas de vacaciones, solicita mi atención:

-Mi impresora está estropeada, no funciona.

-Es extraño-respondo-nadie la ha usado en estas dos semanas.

-No sólo no imprime, sino que ¡ni siquiera se enciende!

   Me acerco a la impresora a examinar las conexiones y veo que no tiene el cable de corriente conectado, se lo digo y me dice, que había visto un cable por detrás (el que está conectado al pc). Enchufo el cable.

-¡Ya funciona!-exclama con una alegría no exenta de cierta euforia.

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Estampas cofradieras

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     Tras una Semana Santa donde el agua no ha dado tregua, ayer pudo celebrarse la Procesión magna. Toda una novedad en mi ciudad, porque por primera vez quince pasos desfilaron uno tras otros con una buena organización, a pesar de lo complicado que era el elaborar los itinerarios de cada uno de ellos. Unas nubes quisieron deslucir dicho desfile, pero con las pocas gotas de agua no lo consiguieron. Y hablando de agua, se ve que alguno de los penitentes temía, en algún momento, echarla de menos y, como se ve en la foto, no se separó en todo el rato de su botella.

Otra escena, uno de los pasos recogiéndose en su parroquia, tras los acordes del himno nacional y los aplausos de los espectadores que poblaban el exterior a las once de la noche, a continuación cierran las puertas.  Poco a poco van saliendo los penitentes de la parroquia, un joven pretende entrar al interior, pero una penitenta que estaba en la puerta le dice que no se puede entrar. El joven sin perder la sonrisa le dice:

-Es que yo...soy el párroco.

         Un tanto abochornada, la penitenta le dejó pasar. Ya sospechaba que algunos de los que salen  en las cofradías no son visitantes asiduos de la parroquia, esto me lo confirmó.


A vueltas con la tecnología

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           Hay circunstancias que aunque se diferencien en matices de alguna otra anterior, cuando suceden no puedo dejar de pensar que estamos ante un “déjà vu” de algo ocurrido hace unos días.  Ha sido esta mañana en el trabajo, tras volver del paréntesis impuesto por la Semana Santa, pero esta vez le ha pasado a una compañera mía: el monitor de su ordenador no funcionaba.

            Ésta es más espabilada que mi compañero y no me dice nada, llamando directamente al departamento de informática, para decir que no funciona su monitor. Empiezo a quitar cables, aunque me mira un poco “mosca” y algo molesta, diciéndome que ya ha comprobado las conexiones y que no funciona y comienza a mandar la incidencia desde otro ordenador. Aprovecho mientras está tecleándola para quitar y poner el enchufe de la conexión. Un par de minutos después al encender el pc el monitor enciende en todo su  esplendor.

-¡Anda, ahora enciende, de pronto!

            Sin palabras, cada día me noto más curtido en la paciencia.

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Tus cartas

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        El otro día tras leer uno de tus correos electrónicos me vinieron a la memoria, como una ráfaga, tus viejas cartas. Desde aquella etapa, en la que vivíamos sumidos en muchas ilusiones y pocas preocupaciones, han transcurrido ya varias decenas de años. Compartíamos durante el curso las aulas universitarias y llegadas las vacaciones nos separábamos muchos kilómetros y yo, desde mi rincón del sur de aire con sabor a sal, te echaba mucho de menos.

            Durante aquel verano me pasaba todo el día y parte de la noche, sumergido en mis apuntes y resolviendo complicadas ecuaciones diferenciales, que hoy me sonarían a chino. Había dos momentos del día en que detenía aquella jerigonza matemática para asomarme a un balcón que pendía de la fachada de mi casa. Estaba situado en lo alto de una escalera, tenía barrotes verdes y un barandal blanco de madera en el que descansaba mis codos, tenía vistas a una calle tan estrecha que los edificios de uno y otro lado parecían darse la mano.

            Uno de aquellos momentos de sosiego era durante la noche, cuando cerraba las carpetas a las dos de la mañana, en aquel silencio con olor a verano me llegaba hasta el balcón con un paquete de Ducados que tenía, que me duraba  más de un mes, y encendía un cigarro, mientras acariciaba el contraste de aquella chispas luminosas con el negro del cielo tachonado de estrellas. Me relajaba, tras aquellas horas de estudio, viendo como las volutas ascendían en formas caprichosas e intentando que ellas me dibujaran los recuerdos nostálgicos de nuestras alegres vivencias de unos meses antes.

            El otro momento de ocio era a las doce y media de la mañana, la hora en que solía pasar el cartero. El balcón era el mismo, pero ahora con la gran luminosidad y calor del mediodía de agosto. La calle mucha más viva con el ajetreo de los paseantes y mi corazón ansioso en cuanto veía aparecer aquella figura menuda con aquella inmensa cartera saturada de cartas. Intentaba usar mis fuerzas mentales, que habitualmente fallaban, para que una de aquellas cartas fuera tuya. Los nervios crecían a medida que se iba acercando a la vertical de mi balcón y se desplomaban en cuanto pasaba de largo para entrar en el portal de al lado. Pero alguno de aquellos días aquellos poderes mentales fueron efectivos y esta vez entró en el portal de mi casa. Yo bajaba corriendo las escaleras y veía sobre el patio un sobre blanco, mimetizado con el suelo de mármol, en el que aparecía mi nombre adornado por tus letras redondeadas. Sonriendo ante aquel soplo de aire fresco que rompía la monotonía de mi lánguido verano.

            Impaciente rasgaba el sobre y daba una primera lectura a las cosas que me contabas. Esa misma tarde cuando el sol declinaba y con tu carta en mi bolsillo me iba a un banco frente al mar, gustaba del tacto y del olor del papel sobre el que habías escrito y leía muy despacio saboreando y exprimiendo tus letras, mientras me parecía que tu voz, tan conocida, me iba resonando. Disfrutaba como no puedes imaginar de aquel momento.

            Aquella noche después de cenar, me la tomaba de “vacaciones”, sacaba unos folios blancos y con la mejor de mis letras empezaba a escribirte hasta que le ponía el punto final a esa hora, ya plácida, de la madrugada. Por la mañana tras el desayuno me tendría que llegar al buzón de correos...


Escena escolar

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       Sucedido el otro día en una clase de 2º de ESO. Está la profesora, licenciada en Historia, escribiendo un resumen en la pizarra para que lo copien sus alumnos y pone la palabra “revelión”. Algunos de los alumnos empiezan a comentar por lo bajini hasta que, al fin, uno más osado, se atreve y levanta la mano:

-¿Profe, usted ha aprobado lengua?

-¿Por qué lo dices?

-Porque ha puesto rebelión con “v”.

-Pues claro, se escribe con “v”.

            Nooooo, se atreven a decir coralmente varios. Ante esta duda que surge en la clase,  la profesora pide un diccionario y al buscar dicha palabra, descubre con cierto asombro que se escribe con “b”. Lo corrige en la pizarra y probablemente piense que están bien estos cuestionamientos en  clase. Ahora todos, incluso ella, se acordarán de poner la "b" a rebelión.

                Hay que rebelarse contra ignorancias que se revelan así. Y luego nos quejamos del fracaso escolar…


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