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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2011.

Soleando

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   Agradezco que después de tantos días de niebla y lluvia llegue la caricia del sol aunque sea en una tarde fría como la de hoy, en la que ha dado gusto pasear por la playa.


Volviendo...

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...tras ocho días en las garras de una gripe, al fin comienzo, poco a poco, a sentirme mejor. Todo empezó el viernes 4 de febrero que noté cómo en el trabajo me parecía flotar en una situación de ingravidez nada habitual, hasta que me tuve que venir para casa. Me desplomé sobre la cama, sin saber muy bien lo que me estaba ocurriendo, y un dolor acompañado de escalofríos, fue tomando creciente posiciones a todo lo largo y ancho de mi cuerpo. A partir de entonces perdí la noción del tiempo y las ganas de todo, perdí el hambre y hasta las ganas de escribir. Me dolía  todo y mi cuerpo se perdía entre las sábanas, donde se acumulaba un variado número de mantas en creciente desorganización. La altura de la montaña de mantas iba modificándose acorde con el desequilibrado termostato de mi cuerpo, y que hacía que frente a esos ratos en que a cada pie con dos calcetines gordos bajo cuatro mantas no hubiera forma de hacerlo entrar en calor y ese otro rato que el sofoco provocaba que me sobrara cualquier atisbo de manta. Y lo que pensaba que durante el fin de semana se resolvería, el lunes por la mañana estaba mucho peor y porque me llevaron al médico, que me dio la baja, que si no difícilmente soy capaz de llegar hasta la consulta.

        Tras volver a casa, pensando que el hecho de ir a la consulta sería inicio de recuperación, recuperé esa horizontalidad que era donde me encontraba menos mal y continué poniéndome peor.  Aparte de ese dolor extendido, la nariz se convirtió en fábrica de mucosidades que con dificultad encontraban salida y la garganta empezó a producir agrestes e insistentes toses. Me aburría, pero es que no tenía fuerzas para hacer nada, ni siquiera hablaba porque mi voz se convirtió en inentiligible. Un libro, que cogí para esos ratos de sentirme mejor, se quedó cerrado sobre el colchón. Pasaba las horas con los ojos abiertos, mirando, sin ver, a una pared blanca que me acabé aprendiendo de memoria. Y las noches eran de puro delirio, en el peor sentido de la expresión, y extraños sueños tomaban formas de retorcidas pesadillas, que permanecían incluso estando despierto.

        Al fin, a partir del quinto día percibí que, al menos, no estaba peor y lentamente inicié la recuperación. Me di cuenta que cuando andaba era capaz de andar recto, algún rato leía, aunque los trastornos y las toses me siguen acompañando hasta la actualidad. Al mirar atrás esos días aparecen en mi calendario como con números en blanco. Algo he aprendido de todo esto: ¡el año que viene me vacuno contra la gripe!


Mamá

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      Nikki  Eaton es una mujer independiente de treinta y un años que escribe para un periódico. Vive sola y tiene una relación cordial, sin ser demasiado cercana con su madre. Asiste junto a su hermana y la familia de ella, junto con otros originales amigos y parientes, a una comida a las que los invita su madre con motivo del día de la madre. El fallecimiento días después de su madre, hace que Nikki empiece a darse cuenta de que era una mujer muy especial y empieza a conocerla en facetas en las que nunca imaginó en vida.

       Ella se traslada a su antigua casa y la descubre en aquellos objetos y rincones, junto al gato que su madre tenía o haciendo un especial itinerario con la ayuda de sus parientes o los viejos amigos. También retoma algo en lo que su madre era experta: hacer pan.

Joyce Carol Oates es una veterana escritora norteamericana nacida en 1938, con una forma de escribir que anima a seguir leyendo y ayuda a ahondar en los sentimientos íntimos de sus personajes, en este caso desde ese monólogo interior que nos brinda la protagonista.

    “Hacía pan. Lo ensuciaba todo pero hacía pan. Me exasperaba, perdía los estribos y arrojaba a la basura pan duro como una piedra pero hacía pan. Discutía con mi amante casado pero hacía pan. Lamentaba no haber invitado a entrar en mi cocina al detective de pelo erizado, no haberle dejado probar el pan de plátano y nueces de mamá que había resultado ser bastante bueno, pero no le llamé; hacía pan. Pensaba: “No necesitas más emociones en tu vida en estos momentos, necesitas menos”.

Hacía pan.”

 

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Breve diccionario chino-inglés para enamorados

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       Una original historia la escrita por la autora china Xiaolu Guo. Nos narra la historia de una joven china a la que sus padres envían, durante un año, a estudiar a Londres. Ella es animosa y dispuesta a aprender bien la lengua inglesa, por eso siempre va acompañada de un cuaderno en el que va apuntando las palabras que va aprendiendo y sus dudas.

      La joven Zhuang Xiao Quiao, ante lo confuso de su nombre para los occidentales casi prefiere que le digan Z, nos va narrando en primera persona el encuentro, en ocasiones chocante, con una realidad y unas costumbres muy diferentes a las suyas. Cada capítulo va encabezado por una palabra, con su significado correspondiente y en él desarrolla sus ideas o experiencia en torno a esa palabra.  Está escrito en primera persona de una manera peculiar, supongo que nada sencilla de traducir, y en el tono empleado podemos imaginarnos muy bien a una china hablando que va plasmando en estas páginas una visión ingenua y profunda, que nos hace sonreír y pensar a la vez. Conoce su primer amor y se va a vivir con él y su corazón busca lleno de dudas el camino de la felicidad. En un determinado momento ella se va sola de viaje por Europa y en su cuaderno va plasmando sus originales experiencias, que le ayudan a convertirse en mujer. Un libro que nos ayuda a darnos cuentas desde una visión oriental, que a veces no son tan simple o universales como nos puede parecer.

     “Cuando estaba en la escuela media, mis compañeros siempre se reían de mí. Así que pasaba el tiempo leyendo para no tener que hablar con ellos. Leí Blancanieves y los siete enanitos en chino, y vi mi madre es tan mala como esa reina madrastra. Pero yo no tenía una piel de blanca nieve y era sólo una muchacha campesina. Así que no había príncipe que vendrá a salvarme y ése es mi destino. De adolescente, me moría de ganas de escapar de mi ciudad, la ciudad que mi madre siempre me pegaba y culpaba de todo lo que he hecho mal, el lugar sin mi sueño y mi libertad.

      El día que llegué a Occidente, de pronto me di cuenta que soy china. Mientras uno tiene ojos negros y pelo negros, obsesionado por arroz y no puede tragar ninguna comida occidental, y no sabe pronunciar la diferencia entre erre y ele, y pide a la gente sin decir “por favor”, entonces es un chino típico: un inmigrante inlegal, trata mal a tibetanos y taiwaneses, bueno en comida pero poner glutamato para envenenar gente, come carne del perro y bebe entrañas de las serpientes.

   “Quiero ser ciudadana del mundo”. Hace poco aprendí a decir eso.”

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