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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2011.

Al sur de mi sur

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    Aprovechando la algarabía jaleosa de las fiestas de mi pueblo, que llega a convertirse en molesta e incómoda, he escapado durante un largo fin de semana más al sur de mi sur. Siempre es bueno disfrutar de la quietud preveraniega de este pueblito ya conocido de otras veces y desde cuya playa se divisan ya los montes de Africa. Es maravilloso dejar que el tiempo pase, sin prisas y desde la hamaca de la piscina, dejarme acariciar por el sol, leer, escribir y sobre todo soñar.

        El viento de levante tan habitual por esta zona, ha sido mi acompañante de estos días, así como el sabor del atún, que se pesca allí enfrente, elaborado en distintas recetas. De vez en cuando son necesarios momentos como éste, que detengan mi vorágine diaria y poder pasear junto al mar, contemplando un espectáculo como éste en que me hago consciente de que estoy respirando...


La gaviota

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          Otra novela del húngaro Sándor Márai, quien con su peculiar estilo, guste más o menos, nunca me decepciona y logra atraparme. En este caso es la historia de un alto funcionario ministerial que acaba de dictar una orden trascendental que afectará al futuro de muchas personas, cuando una joven filandesa, Aino Laine,  que se parece asombrosamente a una mujer que él amó con locura y que falleció hace unos años, aparece a visitarlo. Se empieza a desarrollar una historia como si fuera una obra de teatro que se reparte en tres escenas: su despacho, la ópera a la que él la invita y la casa del funcionario a donde acuden después el resto de la noche. Toda la historia transcurre en un solo día donde las palabras irán abriendo surcos inexplorados y sorprendentes entre ellos.

            “Sus ojos de un verde grisáceo, observan con neutralidad las aves que pelean por la vida, por el alimento. El anciano les arroja migas metódicamente, cada dos minutos, con amplios desmanes, como un pescador que lanzara el sedal. Las gaviotas ya conocen la secuencia y se precipitan para coger las migas en el mismo instante, con precisión imposible. Hay otras personas que las alimentan; a unos pasos de allí, una solitaria mujer tira trozos de pan hacia los islotes del río. Los viandantes se detienen tiritando, se suben el cuello del abrigo, se apoyan en la barandilla y se entretienen mirando el drama mudo, el mendigar de las gaviotas y su temblorosa acampada sobre la corriente helada”.


La nube enamorada

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    Sucedió en una piscina, miraba yo a un cielo escandalosamente azul, cuando delante de mis ojos apareció una nube rizadamente blanca, pequeña y pizpireta. Se desplazaba, movida suavemente, por un viento que parecía querer darle volteretas. Por un instante aquella nube pareció detenerse ante el vértice de este edificio. ¿Fué cosa mía o me pareció que aquella mata blanca lanzaba, con sus ojos invisibles, guiños de enamorada? Entonces fue cuando saqué esta foto.

A continuación ocurrió algo extraño y de lo que me quedé tan sorprendido que ni siquiera se me ocurrió fotografiar. Aquella nube empezó a deshilacharse sobre sí misma en finos hilos blancos que desaparecieron en pocos instantes, hasta invisibilizarla del todo. Me terminó de convencer que había tenido un gesto postrero de amor diciéndole adiós a su esencia a la vista de aquel seductor vértice.


Crema de calabaza con zanahorias

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   Hace tiempo que no incluía alguna de mis recetas, aquí traigo una nueva, muy sencilla de hacer y  que está para chuparse los dedos.

Ingredientes:

-500 g de calabaza

-2 zanahorias

-1 cebolla

-1 diente de ajo

-1 puerro

-2 patatas medianas

-medio vaso de salsa de tomate

-aceite

-sal y pimienta 

 

Preparación:

 

   Pelamos y lavamos los ingredientes. Sofreímos en la olla rápida la cebolla, el ajo, las zanahorias y el puerro a fuego medio. Añadimos el tomate frito, patatas, calabaza. Añadimos sal, pimienta blanca y rehogar durante cinco minutos y añadir agua hasta cubrir ingredientes. Ponemos en la olla rápida durante 7,5 minutos. Sacamos toda la verdura, trituramos con la batidora y añadimos parte del caldo si lo queremos más líquido. El caldo sobrante se puede aprovechar para una sopa o para otros guisos.

     Lo que facilitaría mucho esta receta sería el comprar una calabaza a la que se le pudiera quitar la piel con una cremallera, pero lamentablemente no he encontrado ninguna.


Las amapolas del olvido

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          En esta narración nos acercamos a la historia real de Andrea, una periodista británica, que decide dejarlo todo para cuidar  a su suegra Nancy, enferma de principio de Alzhéimer y a su suegro Morris que está incapacitado de las piernas. La familia se traslada a una vieja casa al norte de Escocia, con un clima imposible, y allí ella ejerce esa dura e ingrata labor de cuidadora. A través de sus letras accedemos a esa doble intimidad de lo que circula por su interior y de su vida cotidiana en la que intenta acompañar a su suegra de la mejor manera posible.  Se informa sobre el Alzhéimer, entra en internet y lee libros tratando de conocer qué es lo que le está pasando a su suegra y comparte sus descubrimientos con el lector. Sus personajes se mueven en este escenario al que la enfermedad los ha constreñido y vamos siguiendo el avance o quizás en esta enfermedad, deberíamos decir, el retroceso de su evolución.

        Por estas páginas pasan las escenas de su vida cotidiana, sus reflexiones, escritas con la mejor literatura, sus pequeños avances y sus grandes dudas, su toma de decisiones y esos momentos en  que el síndrome de la depresión del cuidador le incide especialmente.  Las palabras bien hiladas se notan vivas y nos conducen por un camino de ternura a ahondar en esta enfermedad, tan oculta y, a la vez tan presente en nuestra sociedad y a la que no podemos dar la espalda.

      “He perdido totalmente la noción de dónde terminan las sensaciones de cuidar Nancy y Morris y dónde empiezan las que me produce vivir aquí. Cuanto más tiempo estamos aquí, ambas cosas, el aislamiento social que conlleva cuidarles y el hecho de que la casa esté en el quinto pino, parecen mezclarse.  La exaltada observación de Wordsworth: “Que exquisitamente la Mente individual/se adapta al mundo exterior/ y también qué exquisitamente/el mundo exterior se adapta a la Mente” suena a burla involuntaria”.


Tarde de junio

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Tarde de junio en una playa que renace a un nuevo verano. Brotes de recuerdos nostálgicos que surgen anclados a mi memoria. Aquellas tardes de los tan deseados finales de curso, llenas de ilusiones de un prometedor verano, que de largo llegaba a convertirse en tedioso. Juegos infantiles a la luz eterna del atardecer. Aún puedo sentir el señero tacto de la arena húmeda entre mis dedos y cómo estos construyen castillos de formas caprichosas y socavan esa tierra blanda, ahondando hoyos que rápidamente se inundan, como si fuera posible alcanzar, por ahí, el fondo del mar. Luego en los años adolescentes, griteríos, zambullidas estridentes y concursos de quién nadaba más lejos o más rápido, mientras portábamos un corazón que ensayaba a enamorarse.

         Y cuando disponía de un rato tranquilo, mi mirada se perdía más allá de la línea del horizonte y mi voz musitaba entre dientes esa frase de la  que, a partir de un determinado día, me arrepentí:

-Ya me queda menos para ser mayor.


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