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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2011.

Comienzo de curso

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En el parque del Retiro

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    Cuando me pongo a rebuscar carpetas viejas, salen cosas curiosas como este dibujo, del que ya no me acordaba. Fechado a finales de mayo de 1985, cuando yo vivía en Madrid. Estaba a punto de dar un paso trascendental que iba a cambiar mi vida un mes después y aprovechando que vivía cerca del Retiro, cuando podía me iba a pasear por él. Tras el paseo me sentaba en un banco y como llevaba mi cuaderno y el lapicero, empezaba a retratar lo que me rodeaba. Raramente terminaba los dibujos, como éste, los esbozaba y dejaba que los nervios que llevaban meses atenazándome debido a la preocupación, se fueran escapando a través de aquellos trazos de grafito. 

       Destaca una joven sentada en su banco con el cochecito de su hijo al lado, que asoma su mano. Este muchachito debe tener ahora unos veintiséis años. No tenía yo por entonces experiencia alguna de cochecitos de bebé, con los años me hice experto. Al fondo un anciano de esos que siempre se pueden encontrar estáticos en aquellos bancos y delante de trazos desdibujados, una tórtola que picotea comida en el suelo. Debió salir volando rápido y mi lápiz no pudo aprehenderla.

Me gusta tener estos reencuentros con los trazos y trozos de mi pasado, me llevan a la conclusión que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.




Lo que está en mi corazón

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    Esta novela de la escritora chilena Marcela Serrano fue premio planeta en el año 2001. Nos narra la historia de Camila que, vive en Nueva York, y se traslada a Chiapas para escribir un reportaje para una revista norteamericana, sin haber superado la muerte de su bebé recién nacido. Camila llega a San Cristobal de las Casas y se suceden una serie de acontecimientos políticos y amorosos en los que se ve inmersa y tratando de aclarar la realidad que vive por dentro y en la que se cuestionará su relación con su madre y su marido.

    Un libro que a pesar de su prosa elegante y cuidada, me ha costado terminarlo. Los personajes aparecen un tanto desdibujados y ni siquiera con la protagonista me he logrado encariñar.

      "Enredando con su mano mi pelo rojo, comenzó a jugar con él y desde ahí recorrió, con un dedo largo, lentamente, la línea de mi perfil. Cuando llegó a mi boca, instintivamente se lo retuve con los dientes y comencé a morderlo. Su respuesta fue inmediata:: introdujo su dedo adentro de mi boca, mojándolo con mi saliva, como si con ello comenzáramos a empujar fuera nuestras oscilaciones. La febril expectación de ambos incendió la noche y no supimos cómo nos cogió el vértigo, en qué instante nos besábamos como dos desatados infatigables esparciendo en nuestro derredor un oro desconocido".


Encuentros

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        Siempre me ha llamado la atención lo juguetón que es el azar en lo referente al encuentro entre las personas. A veces sales a la calle, intentando encontrarte con alguien, quizás pasó un minuto antes que tú por ahí, y ya no hubo forma de encontrarse. Por el contrario, hay gente a la que no conocemos, nos fijamos en ella, y en reiteradas ocasiones las encontramos en distintos sitios. Comiendo en el zoo de Madrid, un chico de unos 17 años va a devolver la bandeja que cae al suelo con gran estruendo, poniéndose su rostro de todos los colores. Esa tarde en el ascensor del hotel al otro extremo de Madrid, entra ese chico con la cara todavía roja. Otras veces un encuentro fortuito en una esquina nos cambia el resto de nuestra vida.

         Yo tengo la rara habilidad para encontrarme a gente conocida muy lejos de su lugar habitual. Así, un día me encontré con el carnicero de mi barrio paseando por una calle a 1000 km de su carnicería. En otra ocasión, evito a un amigo pelma doblando una esquina, al día siguiente me voy de viaje y a 600 km de mi casa me lo topo de frente.

         Aunque quizás el encuentro que más me llamó la atención, por lo insólito, fue durante mi servicio militar en Canarias. Yo iba todos los domingos a la playa de las Canteras y siempre acababa colocándome en el mismo sitio. La gente de mi alrededor se convirtieron en habituales y entre ellos había una pareja de mediana edad que siempre solían situarse en la arena unos metros por delante de mí. Cuando llegó mi mes de vacaciones lo pasé en Cádiz. Y un día en que acudí a la playa de la Victoria, con sus 4 km de longitud, coloqué mi toalla en la acera y delante de mí, a escasos metros, me encuentro a esa pareja de Las Palmas. Por un momento me sorprendí, pensando que me tenía que haber equivocado o de pareja o de playa y como tenía que salir de dudas les pregunté. Y efectivamente eran la pareja de Las Palmas que, casualmente, habían acudido ese fin de semana a Cádiz a la jura de bandera de un sobrino y habían decidido pasarse el día en la playa.


Una jornada de pesca

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         Sus pies, tras aquellos andares cansinos que había realizado Agustín por toda la playa,  se detuvieron frente a la orilla. Aquel era un buen sitio, se dijo sin palabras. Y dejando los bártulos que llevaba sobre la arena procedió, con esa tranquilidad paciente adquirida en sus largos años embarcado como marinero, a abrir la silla y montar las dos largas cañas de carrete que llevaba. El sol, a punto de esconderse tras el horizonte, había perdido el fulgor del día y teñía la escena de brillos sosegadamente tenues.  Algunas gaviotas se posaban sobre la arena, aprovechando la ausencia de gente.

           Un “buenas tardes”, contestado instantáneamente por él, le interrumpió en su cuidadosa labor de enganchar un camarón en el anzuelo.  Una chica, cómo de unos veinte años, de cara pecosa y pelo rizado observaba sus movimientos de pescador.  La chica dejó sobre la arena su mochila  y se sentó, cerca de él, alternando su mirada entre la placidez vespertina del mar y el ajetreo de cañas y cebos que se traía Agustín. Éste lanzó el aparejo al mar que con un ágil movimiento impactó en el mar, hundiéndose bajo el agua.  Repitió los gestos e hizo un lanzamiento con la segunda caña. Se sentó en la silla acomodando sus maltrechos riñones y alejó su vista a los extremos del sedal, cuando las sombras ya, atenuadas por las luces del paseo marítimo, iban devorando poco a poco la playa. La chica siguió allí, de vez en cuando cambiaba de postura, apoyaba sus brazos en la arena o estiraba las piernas.  El silencio fue invadiendo la escena, sólo roto por el ruido de los carretes en las recogidas y lanzadas de aquellos anzuelos, cuya carnada,  los peces iban engullendo limpia y sucesivamente. Agustín sacó un bocadillo y le hizo un gesto a la chica de si quería, que negó silenciosamente con la cabeza. Hizo una bola con el papel de plata y lo metió en la bolsa de plástico.  Comenzaba a hacer frío y la chica sacando una chaqueta verde del interior de la mochila, se la puso sobre su camiseta. 

          Y en esta monotonía ambiental fue transcurriendo la noche, hasta que poco después de las cinco de la mañana un tirón fuerte de la caña, los sacó de su ensimismamiento. Ambos a un tiempo se pusieron de pie. Agustín agarró la caña y fue recogiendo sedal muy lentamente, mientras escuchaba el  chapoteo del pescado que había atrapado. Cuando lo tuvo entre sus manos, vio que era una mojarra de unos trescientos gramos, escuchó un grito de “bien” a sus espaldas, le quitó el anzuelo y lo dejó en la cesta que gracias a aquel pescado dejaba de estar vacía.  No hubo más sobresaltos, aunque sí alguna cabezada casi imperceptible, hasta que sobre las seis media empezó a amanecer. A la chica debió gustarle  ver como se alargaban sus sombras con aquella luz, porque sacó su móvil para inmortalizar el instante y aprovechó para beber un trago de agua.  Agustín comenzaba a estar cansado, pero aguantó hasta las siete y media en que de la misma manera sosegada en la que vino fue recogiéndolo todo.  La chica lo observaba de vez en cuando. Cuando terminó de recoger fue a decirle adiós a la chica, mientras ésta se levantaba y se sacudía la arena adherida en sus pantalones cuando ésta se le adelantó diciéndole:

-Siempre me ha resultado admirable la paciencia que tienen ustedes los pescadores…

         Él abrió mucho los ojos, con cierta sorpresa, y haciendo un gesto con la cabeza, se dio la vuelta y emprendió despacio el regreso hacia su casa. ¡Hoy almorzaría mojarra!

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Yo también

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Dime quién soy

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         Esta novela de la periodista Julia Navarro, nos narra la investigación que realiza un joven periodista sobre las desconocidas peripecias de su bisabuela, Amelia Garayoa, que pesa como una molesta losa sobre la historia de su familia. A medida que avanza en la aventura de Amelia, va descubriendo como fue una mujer, sin duda, muy especial en muchos sentidos, capaz de dejarlo todo, incluso a su propio hijo, por amor. Nos la encontraremos en el Moscú estalinista, en Buenos Aires, en Londres, en Berlín, en Roma, el Cairo… viajes unidos habitualmente a una peripecia política y amorosa, a la vez. Con esta investigación vamos viajando por ella por los grandes hitos históricos del siglo XX.

         No definiría esta novela como de gran literatura, pero sin embargo me ha conseguido entretener y ha mantenido mi atención durante las casi mil cien páginas que tiene, por lo que la recomiendo.

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Por tierras salmantinas

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He recorrido más de mil setecientos kilómetros durante este fin de semana para acudir a mi cita anual con la ciudad de Salamanca. Siempre es bueno viajar cuando el motivo es un reencuentro con esos viejos amigos, de distintos puntos del mapa, que nos conocimos hace más de treinta años en las aulas de nuestra Facultad. Hemos compartido viejos recuerdos y las vivencias del último año en ese escenario único que supone el deambular entre los muros dorados de la ciudad charra. Un paseo conocido y que al verlo, cada año, con ojos nuevos nos encanta y enhechiza alimentándonos los deseos de volver.

         Hemos reiterado fotos en el mismo banco, para compararla con otras anteriores, comido menús exquisitos y otros tan castizos como el hornazo. He dormido dos noches en un sillón estrecho de un autobús, mientras mi cabeza oscilaba en medio del sueño. He gustado un paseo nocturno acompañado de la vista de las piedras luminosas y el rumor  del río. Me ha sorprendido gratamente el museo de automoción. Recorrí las calles solitarias de un pueblo de quinientos habitantes, solazándome en ese paisaje mesetario que tanta nostalgia me produce cuando está lejos. He capturado las cosas que he visto en muchas fotos y sobre todo…he disfrutado mucho.


El jardín olvidado

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     Poco antes de la Primera Guerra Mundial una niña es abandonada por una mujer en un barco con destino a Australia. Allí será acogida por una pareja y no se le revelará que no es su hija hasta que cumple veintiún años. Esto cambia la vida de Nell O’Connors y años más tardes volverá a Cornualles a rastrear sus orígenes. Pero no será hasta la muerte de Nell, cuando su nieta Cassandra vaya a Cornualles a hacerse cargo de su herencia, una casa con un mágico jardín que perteneció a sus antepasados, y vaya trenzando los hilos de una compleja historia hasta averiguar algo que durante años  había estado oculto.

     Una interesante narración la de la escritora australiana Kate Morton, que no tarda en atrapar al lector. Está escrita de una forma original, pues los capítulos van dando saltos  en el tiempo en distintas épocas, de modo que se nos va revelando la trama de manera hábil. Además cada vez que terminamos un capítulo nos deja con ese querer saber más y pega el salto a otra época, para luego retomar aquello que deseábamos conocer.

        Es la primera experiencia de  lectura que he tenido en un ebook. Se pierde algo de poesía, pero reconozco que es mucho más práctico para transportar y pesa menos que el libro  original, lo que hace su lectura más cómoda.


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