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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2012.

Fríos

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        Hay algunas frases, lapidarias o  sin importancia, que a lo largo de nuestra historia se incrustan en nuestra memoria y permanecen ahí a pesar de los años. Algunas son incluso aprendidas en las aulas de la universidad, entre ellas aquella en la que insistía nuestra profesora de Termodinámica: “los cuerpos no tienen calor, tienen temperatura, el calor sólo existe cuando se ponen en contacto dos cuerpos de diferente temperatura”. Nosotros mirábamos escépticos a través de las ventanas de aquella facultad salmantina y contemplábamos el río Tormes helado, candado le decían allí. Lo mismo del calor se puede decir para el frío y yo pensaba esta mañana que si los cuerpos no tienen frío, cómo podría estar yo tan aterido con aquellos 2 ºC que marcaba el termómetro. Concluía que el problema era que el calor se estaba escapando de mí, al contacto con el aire, y a gran velocidad.

            Ya sé que por otras tierras la temperatura es mucho más baja que por esta tierra sureña, pero aquí tenemos dos cosas en contra nuestra, que ese frío está aderezado por una  humedad que atraviesa las telas como cuchillos afilados y que aquí, nunca he sabido por qué, se supone que no hace frío y en las casas, nada preparadas para el frío, no se conoce lo que es la calefacción. Por eso no me extraña que un amigo madrileño, ya talludito, dijera que el día que había pasado más frío en su vida fue una noche de invierno en que tuvo que dormir aquí, suerte tuvo de que no le devorara algún oso polar. Pero como de todo sitio y ocasión puede obtenerse alguna ventaja, yo ya encontré la mía: ahorro mucho tiempo en planchar camisas, como van tan escondidas bajo el jersey, basta con plancharle los cuellos.

 


Atardecer

20120217234217-cimg5430.jpgYa bulle Cádiz con su famoso Carnaval en un anuncio del jaleo de los próximos días. Y, sin embargo, hay rincones como éste que hoy al atardecer presentaba esta imagen de intemporalidad y sosiego.



23:23

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     Tras un largo día, dejo, sin resistencias, que el cansancio se enrosque a mi cuerpo, lo que impulsa a que mis pies, con sus andares arrastradamente cansinos, trasladen todo mi ser hasta la cama. Dos sacudidas en el aire hacen que mis zapatillas tras una pirueta caigan caprichosamente bajo la silla y el aire frío abraza los dedos de mis pies, sólo un momento, porque rápidamente me introduzco, todo entero, bajo el edredón. Mi primera reacción es sentir las sábanas heladas, pero tras uno instantes logro caldearlas con el calor que desprendo. Saboreo entonces ese goce cotidiano que, tras todo el día, supone el encuentro con esta horizontalidad acolchada del colchón. Me giro sobre el lado derecho y pongo la mano derecha bajo la almohada. Ésta crece en estatura y me permite acomodar mejor mi cara que disfruta de este tacto mullido.

       Apago la luz de la mesa de noche, sacando levemente mi mano. Tiro del edredón hacia mi nariz y dejo un hueco por el que respirar, como si sacara un periscopio. La luz se tiñe de penumbras y parece como si eso acrecentara mi agotamiento que cae a plomo sobre todo mi cuerpo. Mis ojos miran hacia la mesa de noche donde  sólo brillan los números del reloj despertador: 23:23.  Noto como el sueño me va invadiendo y esos números parecen juguetear ante mis ojos. Estoy solo en la cama y una nostalgia solitaria crece dentro de mí sin que pueda controlarla. Esos números me recuerdan a nosotros. El 2 eres tú, con tus formas elásticas y sinuosas, como la gacela de mis sueños, que despiertan y colman mis ansias. El 3 soy yo, ¿es cosa mía? Parece tener algo de barriga, pero lo que asombrosamente más me recuerda a mí son esos brazos estirados, intentando aprehenderte, pero siempre…sin llegar, sin lograr ese objetivo. Y para colmo, esa escena repetida en el segundo 23.  Mis brazos intentan estirarse, hacia ti, hacia donde tú no estás, pero el edredón bien remetido impide que se separen del cuerpo. De pronto, una extraña e invisible niebla invade todo mi cuerpo…

            Un ruido me sobresalta, a través de la oscuridad miro la hora: 07:07

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Muelles

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(Foto de Núria Solbes)           

    Ayer viendo las fotos enviadas al concurso organizado por una revista, vi esta foto y me encantó,  extrayendo de mi nostalgia algunos momentos unidos a los muelles.  Retazos de escenas infantiles vividas en aquel colchón inmenso de muelles de mis padres, cuando en los días de fiesta brincábamos en el aire, disfrutando de ese instante  tan minúsculo como mágico en que el cuerpo detenido en el aire, caía contra el colchón. Nuevo impulso y otra vez al aire, imaginándome la ingravidez de los astronautas que, por entonces, habían paseado por la superficie lunar.

                Aquellos colchones de muelles chirriantes eran más divertidos que estos de ahora, tan duros y estirados que la espalda, forzada por los años,  nos demanda. En ellos aprendí a volar, no sólo con la imaginación, y a dormir de maneras retorcidas, huyendo de aquellos muelles díscolos que aparecían de vez en cuando en algún rincón de su estructura.  Incluso alguno de aquellos muelles fue el culpable de una cicatriz que tengo y que me hice al girar en  aquella litera de la mili, arañándome el brazo contra la litera superior.

                Muelle, una palabra elástica y que suena a ida y vuelta. También me retrotrae a otras historias pasadas, a un muelle distinto, situado en la confluencia de dos mares y frente a la costa africana: el muelle de Algeciras. Un muelle de olas bravías y olores peculiares, en el que durante todo un año estuve yendo todas las semanas a atravesar el estrecho en uno de aquellos viejos ferrys, juguetes minúsculos en manos de las olas del Levante y yéndome a trabajar al tan cercano, como lejano, continente africano.

 


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