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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2012.

La fábrica de sueños

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           Las ruedas provocaron un chirrido al rodar sobre el suelo brillante de mármol de aquella gran sala de estar. Había dejado la maleta en la habitación, junto a la cama que le habían asignado. Lo primero que percibió su afilada pituitaria es un olor acre que había en el ambiente, esto debe ser lo que llaman olor a viejo, pensó desde la experiencia de sus ochenta años., mirando a aquel grupo de ancianos y ancianas que vio sentados en aquella sala.

            No había sido un buen día, había llorado cómo hacía tiempo que no lo hacía, cuando se cerró a su espalda el piso en el que había vivido los últimos cincuenta y tres años. Ya no es posible que vivas solo, le había insistido su sobrino, y tenía razón, desde la caída que tuvo y posterior operación no podía dar un paso. Verás como estás bien, le insistía, pero a él se le desdibujaba en su mente los recuerdos vividos entre aquellas paredes, los treinta años transcurridos hasta que enviudó y todos los posteriores que, aunque sólo, había aprendido a despistar a la soledad con la ayuda de aquellas paredes y objetos conocidos. Ahora a todo le había dicho adiós y hoy entraba en aquella silla de ruedas, encorvado más por el pesar que por el peso de los años.

            Torpemente y con esa vergüenza de novato conductor de silla de ruedas buscó la protección de un rincón. Ponte aquí a mi lado, le dijo una mujer sentada en otra silla de ruedas en la que,  en su rostro surcado de arrugas, destacaban dos brillantes ojos azules. Eres nuevo, se te nota, y con esas palabras tan simple se difuminó su sensación de disgusto. Él, en principio, respondió por mera educación y a medida que avanzaba la conversación, porque se sentía a gusto hablando con Lucía, que así le dijo ella que se llamaba.

            No durmió mal aquella noche y al día siguiente le alegró encontrar a la portadora de aquellos ojos en la mesa del desayuno. Acompáñame, le dijo al terminar de desayunar, y rodando aquellas ruedas gigantes ella lo llevó al jardín del exterior.  Allí retomaron la conversación donde la dejaron el día anterior, almorzaron y siguieron con sus palabras buceando en el conocimiento del otro. Ahora estoy más que a gusto, como no recuerdo desde hace años, pensó él cuando las últimas luces del día se ocultaron tras los árboles.

            En aquel momento, casi inadvertidamente, sintió como la mano de Lucía se agarraba a la suya, la percibió cálida y se extrañó de cómo un simple gesto pudiera recorrerle de aquella manera su marchito cuerpo. Se descubrió apretando aquella mano con ternura, no sólo en ese momento, sino a partir de entonces todos los días mientras estaban en el jardín. Y lo que fue más inesperado, sentía como si aquella silla, que lo mantenía postrado, se elevara y entonces viajaba con ella a lugares maravillosos y nunca imaginados y es que, como descubrió, el agarre de aquellas manos arrugadas, que se asían para recuperar la vida que aún latía en él, se les había convertido en una verdadera fábrica de sueños.


Esa cierta edad...

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    Hay veces en que me noto en esa cierta edad, otras, más extrañamente, en que me veo  tan joven, que todavía me falta tiempo para llegar a ella, sin embargo mi fecha de nacimiento aparece invariable en mi carnet de identidad.¿De qué dependerá esa discrepancia de sensaciones?


Post mortem

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Recuerdo que en el primer año de universidad una de las conversaciones habituales con los compañeros que estudiaban en la facultad de Medicina era su inicio en las prácticas de Anatomía y si habían superado con éxito el trance de ver y diseccionar su primer cadáver. Me ha venido esto a la memoria al leer un curioso artículo en el que indicaban que actualmente hay en más de una ocasión quien pretende donar el cuerpo de un difunto a la facultad de Medicina, para ahorrarse los gastos del sepelio, pero no se admiten porque para ello es necesaria la autorización en vida del difunto.

            Según el artículo un cadáver a -4ºC puede aguantar hasta ocho años y cuando más aguanta es cuando se congela que puede durar hasta veinte años, el problema en este último caso es, como ocurre con los alimentos, que si se congela no se puede volver a congelar. Aparte hay un método con el que se sustituye el agua y se realiza una especie de plastificación del cadáver que lo deja como si fuera de silicona y ya dura todo el tiempo que haga falta.

            Imagino que habrá más gente que dona órganos, que las que donan cadáveres para la facultad de medicina, alguien habrá, pero en general a nadie le gusta imaginarse en trozos repartidos por las mesas estudiantiles. Eso sí, supongo que estas prácticas con cadáveres son imprescindibles para que cuando estos aprendices de médicos lleguen a tratar con seres vivos ya hayan practicado bastante y vayan sobre seguro.

 

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Estupor y temblores

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  La biblioteca de mi ciudad ha tenido la genial idea de organizar un club de lectura de libros en francés, una oportunidad que he intentado no perder sumándome a ella. Somos en torno a veinte personas, entre ellas cinco o seis nativos y varias profesoras de francés de instituto, además de algunos “aficionados” en profundizar, como yo, en la lengua del país vecino. Ello me permite, aparte de obligarme a leer libros en dicho idioma a perfeccionarme en el habla y escucha del mismo.

            El primer libro en torno al que nos hemos reunido ha sido “Stupeur et trembleur” de Amélie Nothomb. Una escritora belga, nacida en Japón, donde su padre era diplomático en 1967 y que escribe en lengua francesa. Una vez licenciada en Bélgica ella vuelve a Japón, habla japonés, y a trabajar en una gran empresa nipona. Su experiencia laboral y, por tanto autobiográfica, en esta empresa es la que relata en este libro, que en 1999 fue gran premio de la novela de la Academia francesa. Posteriormente en 2003 fue llevada al cine en una película protagonizada por Silvye Testud. En 1992 publicó su primera novela siendo todo un éxito y desde entonces publia una al año.

            El título de esta novela proviene de que en el antiguo protocolo imperial nipón se establece que uno deberá dirigirse al emperador con “estupor y temblores”, signo de esa sumisión con la que se mostrará Amélie al entrar a trabajar en esa empresa japonesa, frente a ese sistema cuadriculado de mandos, la mayoría masculinos y su jefa directa Fubuki Mori.  Desde que empieza a trabajar en la empresa una serie de malentendidos hace que vaya descendiendo de categoría, llegando a realizar ocupaciones verdaderamente absurdas. La autora muestra como choca su mentalidad occidental con la oriental y hace una crítica aguda y acertada de todo ello. Es un libro que se lee fácil y que a pesar de ese tono, en ocasiones, jocoso,  uno llega a preguntarse cómo pudo resistir hasta el final en aquel ambiente laboral. Quizás, pienso yo, fue capaz de sobrevivir toda aquella experiencia pues la miró con esa perspectiva objetiva que le permitió posteriormente retratar por escrito ese mundo asfixiante en el que estuvo inmersa.


Bicentenario

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          Mis primeros años escolares, hasta los diez años, transcurrieron en el edificio anexo al oratorio de San Felipe Neri donde se celebraban las reuniones de los diputados de las Cortes de Cádiz. Me llegué a conocer muy bien los rincones e imágenes de aquella iglesia, pero no tenía muy claro el porqué de tantas placas en el exterior y qué era aquello de las Cortes de 1812. Recordaba esto con motivo, estos días, de la celebración del bicentenario de la Constitución del 1812 en Cádiz.

         En mis años adolescentes, aunque ya me iba decantando por las matemáticas y las asignaturas de ciencias, me gustaba también mucho la historia. Tenía  un, ya anciano profesor, que luego se convertiría en buen amigo, con el que me aprendí todos los reyes de España, desde los reyes católicos hasta nuestros días, lo que siempre me ha venido muy bien para situar los hechos históricos en su época cronológica. Con él comencé a entender la importancia de aquel hecho y más cuando nos hizo dibujar el monumento a las Cortes aprendiendo de su simbolismo o a recorrer la ciudad copiando algunas de placas conmemorativas que de aquel evento. Conociendo bien a aquel viejo profesor, si hoy viviera con sus 107 años, estoy seguro de que hubiera disfrutado como el que más con las conmemoraciones de estos días. 

 

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Stoner

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         Acabo de terminar este libro del escritor norteamericano John Williams (1922-1994) y me he quedado con una doble sensación: pena por que se haya acabado y la alegría de haber leído buena literatura.

            No se narra una gran aventura, simplemente la historia del hijo de unos granjeros, William Stoner, que tras su paso por la Universidad acaba convirtiéndose en profesor de Literatura de la misma. Es un hombre como cualquiera con una vida tan anodina como única. Nos retrata magistralmente sus vicisitudes y sus grandes descubrimientos: 

“Sospechaba que comenzaba, con diez años de retraso, a descubrir lo que era y lo que veía era, más o menos lo que se había imaginado que sería. Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o insuficiencia como persona. Era un conocimiento que no podía expresar pero que le había cambiado una vez obtenido y mediante el cual nade podía confundir su porte”. (pg 103) 

“En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, muchos más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra” (pg 170)

            Compartimos con Stoner un largo período del siglo XX, las dos guerras mundiales asoman entre sus páginas. Y aparece el gusto por la enseñanza, unas peculiares amistades y sus problemas laborales. Unos seres tan luminosos como apagados, empujados en muchas ocasiones por las circunstancias que les condicionan y un amor continuo que le acompaña, aunque no siempre sea como él hubiera deseado.

 “El amor intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar, lo había dado al conocimiento que le había revelado-¿hace cuántos años?- Archer Sloane; se lo había dado a Edith, en aquellos primeros días tontos y ciegos de cortejo y matrimonio, y se lo había dado a Katherine, como si nunca antes lo hubiera hecho. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuere, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo." (pg 217) 

Quizás haya algo de autobiografía, el autor fue profesor universitario, o también se hable de parte de nuestra vida. En el fondo, todos somos Stoner porque en estas páginas, recreadas con tanta habilidad, se nos narran sentimientos tan universales,   que fácilmente nos reconoceremos en ello, llegándonos a emocionar. Un libro que hay que leer.

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La sublime puerta

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      Este título de Jesús Sánchez Adalid hace referencia al nombre de la corte pública del sultán dirigida por el gran Visir en la ciudad de Constantinopla, capital del imperio otomano. Recibe este nombre por la puerta de entrada a las dependencias del Gran Visir cercana al palacio de Topkapi donde el sultán oficiaba la ceremonia de bienvenida a los embajadores extranjeros.

          Nos narra el cautiverio de Luis María Monroy, soldado de los tercios de Felipe II, tras ser apresado por los turcos en la isla de Gelves. Sus dotes como músico lo benefician al ser, por ello, elegido como esclavo del gobernador de Susa, lo que le permite un destino más beneficioso que otros compañeros. En Constantinopla, a pesar de estar preso, inicia una gran aventura, donde habrá amores e intrigas, llegando a formar parte de un grupo que espía a favor del rey Felipe II y consiguiendo, con gran habilidad, instalarse cerca de los grandes personajes de la corte del Sultán Solimán.

Aunque me gusta la novela histórica y ésta me la he leído de manera rápida, no me ha gustado demasiado. Escrita en forma de monólogo, no he logrado empatizar con el personaje. Es como si pasara de puntillas por lo que escribe y no llega ni siquiera a impresionar en los muchos malos ratos, como en las torturas, que sufre. 

Termina con una nota histórica que aclara alguno de los muchos apuntes y reseñas históricas en las que se ha basado el autor para escribir esta novela.

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Esa mirada

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       Estaban sentados a la mesa, uno frente al otro. Comían en silencio, mientras él reflexionaba. Nunca se le había olvidado la primera vez que la vio y cómo la acogió desnuda entre sus manos, sintiendo la suavidad de su piel y acariciándola con unas caricias que parecieron elevarla en el aire. Después de eso ¡cuántas cosas habían hecho juntos!: baños, paseos de la mano, viajes y días y noches compartidos. El tiempo pasó y los dos se habían hecho ahora más mayores. Ella se había convertido en una hermosa mujer. Mientras él la contemplaba, ella apenas lo miraba y cuando lo hacía era con una mirada teñida de una cierta agresividad. Una nube de cierta tristeza pasó ante los ojos de él y entonces pensó:

-¿Cuándo fue el puñetero momento en que mi hija se convirtió en adolescente?

 


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